La misma anáfora, la mismísima

Hablamos con anáforas y al escribir las usamos continuamente. No sabía si decirlo, porque es una perogrullada para quien sepa qué es una anáfora y puede ser un susto para quien no lo sepa.

En realidad, una anáfora puede ser tres cosas distintas, que el DLE define a la perfección. De esas tres hay una muy práctica, ya que sirve para hablar y escribir sin tener que repetirlo todo; o sea, mencionas algo con una palabra concreta (un nombre o un verbo) y luego buscas otra palabra bastante menos concreta (un adjetivo, un pronombre, un artículo o un adverbio) que lo señale, a ser posible sin equívocos.

Las profesoras no tienen ni idea pero van de expertas. Me di cuenta la primera vez que las oí.

Todo el mundo entiende que las se refiere a las dos profesoras. Se ha evitado la repetición del sustantivo mediante un pronombre, que para eso están: para sustituir a los nombres. Pero hay otras piezas léxicas que pueden desempeñar la misma función. Sin ir más lejos, todo verbo es una anáfora, ya que la conjugación indica quién es el sujeto; un poco por encima, es verdad, pero por lo menos dice si es uno o varios, y también si es el que habla (primera persona), el que le escucha (segunda persona), o uno que no anda en la conversación (tercera persona). Por eso en castellano no hace falta poner el sujeto en la mayoría de las oraciones (a cambio, aprender la conjugación, en comparación con lenguas como el inglés, puede ser un tormento).

—Os machacaremos.
—Lo dicen en serio. 

Aparte de que, en general, los hablantes y los lectores son listos, en la segunda oración se entiende que quien dice algo en serio son los mismos que han amenazado con machacar a no sé sabe quién; eso ocurre porque el verbo dicen identifica un sujeto plural; es decir, es una anáfora.

Y así, no resulta nada difícil ver que todo lo que señala en el texto permite recuperar algo que ya ha salido.

En Mercurio hay muy buenas vistas al Sol. Además, hay mucho terreno sin urbanizar. Si no fuera porque el clima es un poco extremo, me hacía una casita allí y me dedicaba a explorarlo. Veo que tiene muchas posibilidades y las mías aquí están agotándose.

Los antecedentes de allí, lo y las mías están claros; y estas tres palabras son referentes anafóricos que desempeñan su papel a la perfección.

Pues con todos los referentes anafóricos que existen, a veces se usa una palabra que hace que nos sangren los ojos a muchos correctores. Se trata del adjetivo mismo (con sus flexiones de género y número). La palabra es en sí misma muy apreciada entre los mismísimos gramáticos, por lo mismo que se aprecian todos los adjetivos: porque por sí mismos resultan expresivos; pueden tener el mismo grado de significado que un nombre y, asimismo, le dan al texto riqueza; es un adjetivo estupendo, pero ahora mismo no se me ocurren más usos del mismo. No me extenderé mucho más porque quería escribir una entrada breve y he ido añadiendo demasiadas explicaciones a la misma; y es que a veces ni siquiera hace falta el elemento anafórico.

¿Que va bien para referirse a algo que ya ha salido? Sí, pero es muy fácil usar otros elementos anafóricos. Me acuerdo de un tipo que usaba mucho esa anáfora: no hay duda de que le faltaban algunas nociones de gramática, pero no quería ni oír hablar de la misma ella. No es que fuera tonto, pero le parecía que así le daba a los textos un aire docto y muy formal. Presumía de dominar la escritura y de heredar usos y costumbres de maestros de la pluma; como si bebiera la tinta de los mismos su tinta, decía.

Por cierto, la anáfora tiene una hermana, la catáfora, que es lo mismo pero en sentido inverso: se representa algo que todavía no ha aparecido. Para usarla también hay que tener cuidado de que entre la representación y el elemento citado no haya una eternidad ni se cuelen otros elementos que hagan dudar de aquello que se invoca. Salvo que escribas una canción como hace Quique González para, mediante la repetición de una catáfora cuyo referente tarda en aparecer, decirnos que cometió un error porque no sabía algo que, luego, parece ser que sí supo.

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10 pensamientos en “La misma anáfora, la mismísima

  1. Genial. Me ha encantado. Muchas gracias por aclarar de una forma tan sencilla qué es la anáfora y cómo se debe usar. Siempre se me dio fatal aprenderme los nombres de las figuras gramaticales.

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    • Gracias, Gemma. En mi opinión no hace falta conocer los nombres de los conceptos gramaticales, a menos que seas gramático, claro. Para una persona que redacte y, sobre todo, para un hablante, lo importante es usar bien esos conceptos, aunque no sepa como se llamen (en realidad es lo que hacen los hablantes). Me ha parecido conveniente nombrar la cosa, pero lo fundamental es no usar mismo (-a, –os, –as) para referirse a algo de lo que ya se ha hablado.

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    • Muchas gracias a ti, Lola. Un gusto hacerte cambiar de opinión sobre la gramática, porque de verdad que es divertido ver el perfecto encaje de las piezas y darse cuenta de que eso hace que los mensajes sean más claros y precisos; y también más bonitos. Espero que te vayan interesando las entradas que publique.

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  2. El “mismo” anafórico (y sus flexiones) aparece mucho en lenguaje administrativo o legal, por ejemplo en publicaciones tan prestigiosas y amenas como el BOE, así como en sentencias, providencias y otra literatura de similar cariz. ¿Hay algún motivo o excusa para que se use tal desafuero anafórico en las mismas, quise decir en ellas?

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    • Para explicar la evolución desde un idioma normal hasta el abogadés hay que hurgar en la psiquiatría más que en la gramática. En realidad es un trastorno que aqueja a muchos colectivos: abogados, juristas, políticos, médicos y, lo que es más grave, periodistas, son muy propensos. El trastorno consiste en retorcer y complicar la lengua para adornarse con un dosis extra (y falsa, por lo general) de sapiencia: yo sé más que tú porque tú no entiendes lo que digo yo. Y de complicar el discurso a caer en el ridículo hay un paso, pequeño, por lo general. Lo malo es que como mecanismo para detentar el poder y manipular a la gente, funciona. Es lo de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa; o sea, lo que pasa en la calle. Y esto me acaba de dar un idea para otra entrada, que en algún momento escribiré sobre escritura alambicada. Así que muchas gracias.

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    • Celia, gracia por interesarte por el blog. Según el Diccionario panhispánico de dudas (DPD), no es conveniente su uso; lo que hay que leer entre líneas es que el DPD intentar evitar las condenas absolutas. La realidad es que a cualquier corrector se le ponen los pelos de punta cuando ve un mismo con uso anafórico y que, de inmediato, se forma una opinión muy precisa del conocimiento de la lengua del autor del texto; si se trata de una persona para la que la lengua es la materia prima de su trabajo, la importancia es mayor. El hecho de que a los periodistas no os den ni os exijan unos conocimientos de lengua profundos desmerece bastante la profesión; así que a los que tenéis conciencia de ello, no os queda más remedio que solucionarlo por vuestra cuenta. En mi opinión, no hay ningún gran periodista que no lo tenga muy en cuenta, bien sea para formarse, o bien para procurar que sus textos sean corregidos.

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  3. Buenas.
    Acabo de descubrir tu blog y he estado un rato leyendo entradas. Muchas gracias, porque tu estilo las hace muy amenas. Precisamente sobre el uso de «el mismo» como anafórico y sobre el supuesto sexismo del lenguaje escribí yo también hace tiempo una entrada, aunque con menos humor. Decía que me aterraban ciertas tendencias lingüísticas que no dejan de ir en aumento. Muchas veces empiezan en el lenguaje jurídico, pasan por el de aquellos que quieren escribir o pronunciar un buen discurso y acaban en el lenguaje más cotidiano. A mí me preocupa.

    Un saludo.

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    • Muchísimas gracias, Magda. Me da mucho gusto que las entradas resulten amenas porque a mí los asuntos de la lengua me parecen muy divertidos.
      Tenes razón en cuanto a algunas tendencias que van ocupando el terreno de la lengua. No obstante, quiero precisar que no son tendencias de la lengua, sino de los hablantes. Eso que se dice de que las palabras no son inocentes es falso. Las palabras no tienen voluntad, las personas, sí. Y la tendencia a hacer discursos enrevesados o ambiguos, que no acaben de dejar claro lo que se quiere decir pero permitan decirlo todo según convenga, la construyen personas, a veces incluso sin la intención de hacerlo. A mí también me preocupa.

      Un saludo.

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