Rayas para no rayarse

Por petición popular masiva y reiterada (tres personas un par de veces; cada uno tiene su público), aquí va un tratamiento de atutía para curar los trastornos de la puntuación de los diálogos en narrativa.

La raya

El sistema más habitual para marcar los diálogos en narrativa es el que usa el signo raya, que no es el guion ni recibe ese nombre (ni siquiera guion largo); y no, no está en el teclado. Para ponerla hay varias opciones. La primera es buscar em dash en los símbolos e insertarlo; o, mejor aún, adjudicarle un atajo de teclado. También se puede usar una de  las combinaciones siguientes: <AltGr ->, <Alt 0151> o <Alt 8212>. En Mac, me chiva el magnífico compositor y corrector de textos Fran Sánchez Mazo que se pone con <opción (alt) mayúsculas guion> o con insertar carácter especial em dash. Y para saber mucho sobre la raya y cómo convertir guiones en rayas, nada mejor que acudir al estupendo blog de la gran hacedora de libros Mariana Eguaras. Aparte de toda esa sabiduría, para darle apariencia de bien compuesto a un texto en Word, es útil el signo horizontal bar, que se pone con <Alt 8213>, ya que no se separa de la letra a la que vaya pegada.

Y ahora que ya sabemos poner la raya, solo hay que tener claro dónde colocarla. No puede ser más fácil:
• Al empezar una intervención en estilo directo (cuando habla un personaje).
Dentro de las intervenciones, al principio de cada acotación del narrador.
Al final de cada acotación si la intervención sigue.

Sí, muy fácil, pero, además de las rayas, están las comas, el punto final, la interrogación y las mayúsculas para amargarle la vida al inventor de historias más imaginativo, al traductor que mejor amaestre las palabras y al corrector con el boli rojo más afilado. Veamos, pues, caso por caso cómo evitar que sangren los ojos.

Habla uno, habla otro

Cuando a los personajes se los hace hablar con intervenciones simples, todo resulta fácil. Solo hay que recordar que la raya va pegada a la primera letra, sin espacio.
      Hacía veinte años que Petronila y Jerónimo no se veían, pero eso no se reflejó en las primeras palabras que intercambiaron.
      ―La tortilla de patatas con cebolla, ¿no?
     
―Siempre lo mismo. Mira, tú, yo casi que me voy a pedir cazón en adobo.

Interviene el narrador con verbo de habla

Puede ocurrir que el narrador quiera contarle al lector quién acaba de expresarse. ¡Hala!, una raya más, pero solo una: la que marca el inicio de la acotación del narrador.
      —Hartita me tienes —le advirtió Petronila a Jerónimo.
      —Pues no me parece para tanto —le contestó él.

Dos son los detalles cuando la explicación del narrador contiene un verbo de habla: el primero, que el punto final de la frase que dice el personaje se desplaza al final de la acotación del narrador; el segundo, que la acotación empieza en minúscula. El narrador siente a menudo la necesidad de describir cómo es ese acto de habla (aunque sea obvio), así que la lista de verbos de habla es larga: decir, murmurar, afirmar, gritar, recriminar, replicar, interrogar, apostillar, implorar, repetir, admitir, responder, objetar

Interviene el narrador sin verbo de habla

Si en la acotación del narrador no hay verbo de habla, tal vez tenga más interés lo que cuenta y, desde luego, modifica la puntuación. ¡Ah! y empieza con mayúscula.
      —Hartita me tienes. —Ni siquiera lo miró.
     
—Pues no me parece para tanto. —Él regaba las mustias petunias.

El narrador interrumpe a un personaje

A veces al narrador se le ocurre interrumpir al personaje y luego dejarle seguir (preguntas para escritores: ¿por qué?, ¿aporta algo?, ¿molesta al lector?). Puede interrumpir con un verbo de habla porque, definitivamente, piensa que el lector es corto de entendederas; entonces, que la intervención se retome con mayúscula o con minúscula dependerá de la puntuación.
      —Yo sí tengo motivos para estar harto —le advirtió—. Hasta aquí hemos llegado.
     
—¡Uy! —exclamó ella—, el discursito de costumbre.

Si la interrupción no tiene verbo de habla, hay que atender a la sintaxis (y, por tanto, a la puntuación) del texto que dice el personaje.
      —Estoy hasta la coronilla. —Contemplaba las petunias—. No para de llover.
     
—Entonces no es tan grave —ni siquiera lo miraba— que no haya regado.
Cabe decir que en la primera intervención algunos autores de manuales de estilo ponen el punto antes de la raya de cierre de la intervención (entre petunias y la raya).

Por otra parte, la segunda intervención se podía haber resuelto de otras dos maneras:
     ♦ —Entonces no es tan grave —dijo sin ni siquiera mirarlo— que no haya regado.
     
♦ —Entonces no es tan grave que no haya regado —dijo sin ni siquiera mirarlo.

 El narrador quizá se empeñe en anunciar que el personaje va a seguir hablando y eso hará que aparezca el signo de dos puntos.
     ♦ —Me voy —anunció. Sin esperar respuesta, gritó—: ¡Quédate las petunias!
     
♦ —Me voy —anunció y, sin esperar respuesta, gritó—: ¡Quédate las petunias!
En la primera de esas dos soluciones, algunos libros de estilo tienen el criterio (menos seguido) de que los dos puntos deben ir antes de la raya.

A veces el narrador anuncia que el personaje va a seguir hablando sin decirlo del todo; se hace el interesante y no pone verbo de habla, pero el verbo está por ahí, así que los dos puntos también deben aparecer.
      —Peludín tiene hambre —anunció él—, que no te fijas en nada. —Y sin intención de dar tregua—: No podemos seguir así, hace tiempo que no te fijas en el gato.

Un personaje habla en varios párrafos 

Una particularidad de la narrativa es que, por lo general, las intervenciones de los personajes son cortas. No obstante, a algunos autores se les ocurre que su personaje se largue una intervención extensa y que, en su transcurso, algo requiera un cambio de párrafo. Para eso están las comillas de seguir, que son las de cierre latinas.
      —Hice el esfuerzo de ir a buscar esa planta que tanto te gusta. No sé si sabes que el vivero está en casa Dios y que tuve que coger tres autobuses para llegar. No, claro, ¡qué vas a saber!
     
»La tabla de planchar no la toques. A mí me gusta que esté en medio del comedor y me da lo mismo si te tropiezas cada vez que entras.

¡Ojo!, que las comillas de seguir no sirven si sigue hablando un personaje tras la intervención del narrador. Eso tiene otra solución.
      —¡Has ahogado los cactus! —gritó antes de encararse con ella.
     
»Es que no piensas antes de regar las plantas.
     
—¡Has ahogado los cactus! —gritó antes de encararse con ella—. Es que no piensas antes de regar las plantas.

O bien así (para los que gustan de complicarse):
     
—¡Has ahogado los cactus! —gritó.
       Se encaró con ella y añadió:
      —Es que no piensas antes de regar las plantas.

Un personaje narra un diálogo

¿Te suenan esas conversaciones en las que alguien cuenta una conversación y lo hace en estilo directo? Pocos diálogos más naturales («y la charla fue así…», «y entonces me contestó…»). Sin embargo, ¡qué pocas veces se ve en una novela! Y la ortotipografía viene en ayuda del escritor para que pueda reflejarlo.
      —El perro se ha largado. Ha hecho lo mismo que aquella vez que tus padres se enzarzaron en una discusión —le recordó Petronila.
                         [Ahora Petronila va a contar un diálogo que presenció].
     
»—No vuelvas a decirme que me calle —dijo tu madre.
     
»—Es que no parabas y estaba todo el mundo aburrido —se justificó tu padre.
     
»Aquella conversación me mostró lo mucho que te pareces a tu padre ―remató Petronila mientras a Jerónimo se lo comía la ira.
      —Sí, ya sé que me quedaré calvo y no tardaré mucho ―dijo, imprudente, Jerónimo, a quien le costaba entender los subtextos.

O sea, las comillas de seguir seguidas de la raya (»―) indican que Petronila relata un diálogo y la acotaciones pasan a ser suyas (no del narrador, que desaparece momentáneamente). Cuando acaba de relatarlo, las comillas de seguir (ya sin raya) indican que hemos vuelto al tiempo de la narración; Petronila sigue el diálogo con Jerónimo y el narrador recupera su papel de apostillador.

Los personajes no dicen todo lo que piensan

Para esas ocasiones están las comillas, ahora con apertura y cierre.
      —Lo que pasa es que no tienes paciencia.
     
Los dos pensaron lo mismo: «Esto no va a acabar bien». Ella no dijo ni mu; él fue capaz de verbalizarlo:
     
—No sé si va a tener remedio lo nuestro, por si no lo sabías.
     
Ella se acordó de su madre. «Fíate de la Virgen —decía— y no corras».

Avisos varios

A veces los diálogos no se marcan con rayas, sino con comillas. Es más frecuente en otros idiomas, pero en español también se da, por ejemplo, en La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester.

Como las comillas en la narrativa ya tienen algunos usos claros, hay que buscar otro recurso para la ironía, el énfasis y el metalenguaje: nada como una cursiva.
      Hans oía ruidos.
     
—No veo el momento de que se aburra de estudiar trompeta —le dijo a su mujer, que pensó: «Yo lo prefiero a oírte a ti».

Y, como la raya ya hace un montón de cosas en narrativa, mejor no atribuirle, además, la función parentética (tan anglófila, por otra parte). ¿Quieres hacer un paréntesis? Pues usa el paréntesis (o comas si el inciso no se aparta mucho del texto).

Quizá el narrador aproveche que tiene voz para describir lo que hace el personaje al tiempo que habla. Nada como un gerundio de simultaneidad (el de Jero); eso sí, con su coma para que no sea un CC de modo (el de Petro).
      —Voy a estrenar las zapas que me compré justo antes de que apareciera el puto virus —anunció Jero, calzándose unas Quechua que aún tenían el precio.
     
—¿Zapas nuevas para una caminata de cuatro horas? ―preguntó Petro enfatizando la cantidad de horas.

Un detalle importante: la acotación del narrador tiene que contar algo relacionado con la intervención del personaje; y ese algo puede ser muy largo, pero las acciones que ya no acompañan a la intervención mejor colocarlas en párrafo aparte.
      —Que no voy a la playa posconfinamiento, que va a estar así —dijo lentamente, juntando las yemas de los dedos en una certera representación de la distancia que había esos días entre las personas que se aventuraban a acercarse al mar el primer finde de nueva realidad. No sabía qué decir. Ya había preparado la bolsa con la toalla, el protector solar y toda la parafernalia; y ahora ella no quería ir.
     
—Que no voy a la playa posconfinamiento, que va a estar así —dijo lentamente, juntando las yemas de los dedos en una certera representación de la distancia que había esos días entre las personas que se aventuraban a acercarse al mar el primer finde de nueva realidad.
     
No sabía qué decir. Ya había preparado la bolsa con la toalla, el protector solar y toda la parafernalia; y ahora ella no quería ir.

Para resumir: ¿tienes una historia? Bien, cuéntanosla, pero puntúala bien y, sobre todo, piensa si el narrador puede estarse callado la mitad de las veces que lo haces hablar. Y, si quieres que tu texto quede lo mejor posible, nada como contratar un corrector profesional; los diálogos se pueden complicar mucho.
      —¡Amanciaaa! —grité, oteando por encima de la superficie del agua. Las últimas letras resonaron en el aire y se oyó: «Aaa». Volví a gritar aún con más fuerza, como si llamara a la última persona viva del mundo―: Amanciaaa… Amanci… aaa. ―Pero en mi cabeza había otras palabras: «Que no esté muerta, que no esté muerta». Entonces, mirando al cielo, imploré en voz alta―: Ya sé que sin ella no se altera el equilibro del ecosistema, pero en esta charca hay pocas ranas y me hace mucha compañía.
      —Croac. Croac. Croac ―se oyó; tres veces, cada una contundente y separada de la otra. ¿Era un grito de socorro? No, porque luego siguió―: Croac, croac, croac. ―Recordaba que esa secuencia respondía a ciertas ganas de jugar.
      —Croac, Amancia, croac ―canturreé intentando imitar su voz―. Vuelve, que te prepararé el mejor sitio entre las carófitas ―dije, ahuecando los tallitos de Chara que poblaban tupidos la charca y tanto le gustaban a Amancia para tomar el sol del mediodía.

¿Que las ranas no son personajes de un texto narrativo? ¿Que ningún diálogo se complica tanto? Hola, bienvenidos a mi mundo ortotipográfico y al de la imaginación de la gente que tiene ganas de contar una historia.

12 pensamientos en “Rayas para no rayarse

  1. ¡Genial!
    ¿Y si quien “habla” no está identificado?
    ¿Comillas o línea?
    «¡Injusticia, injusticia!» brama la gente.
    O
    —¡Injusticia, injusticia! —grita la multitud.
    Gracias por tu respuesta 🙂

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    • No tiene nada que ver; la estructura sintáctica es la misma. En tus ejemplos, la gente y la multitud son el sujeto de sendos verbos de habla. Elegir el sistema de rayas o el de comillas no tiene nada que ver con quién es semánticamente el sujeto de las acciones.

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  2. Muchas gracias, Pilar, muy bueno tu blog y muy detallada esta entrada.
    Pero me surge una pregunta: ¿Por qué en algunos casos las rayas no parecen ‘em dash’ sino que lucen más cortas?
    Quizá no sea más que una intervención del viejo Titivillus…
    Un saludo cordial.
    William

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  3. ¡Muchas gracias! Muy interesante todo. Y muy necesario. Yo siempre he tenido el problema del guión largo y la barra horizontal (supongo que ambos son rayas), que no sabía cómo hacer para que me saliera y tenía que hacer el pino con las orejas. Ahora soy mucho más feliz. Un abrazo,

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  4. ¡Demonios!
    Me ha cambiado más cosas…
    De los atajos que pones, el general para cualquier aplicación es ALT + 0151:
    Los específicos de Word que me funcionan son AltGr −, ALT + 8213 y .
    No he conseguido hacer funcionar el atajo ALT + 8212 en Word.
    No conocía ALT + 8213 para Word,

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  5. Y mi primera duda:
    Esta no es una duda existencial, sino sobrevenida.
    No conocía el atajo ALT + 8213 para Word, que hace que la raya siempre vaya junto a la letra que sigue.
    Pues bien, la duda es si habría que tenerlo en cuenta o no en tu ejemplo:
    —Hartita me tienes ―le advirtió Petronila a Jerónimo.
    Aquí no se ha tenido en cuenta, porque es una raya normal:
    —Hartita me tienes ―
    le advirtió Petronila a
    Jerónimo.
    (Aquí he intentado imitar lo que se vería en un procesador de textos, como Word. Espero que se entienda…)
    Mañana, si te ves con ánimos, la duda existencial.
    😊

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    • Jesús, he eliminado los comentarios en los que los electrones se han conjurado contra ti. Si te parece que falta algo que querías decir, editamos.
      A mí Alt+8212 me funciona sin problema y me hace una raya primorosa (que yo creo que es igual que el em dash, pero lo cierto es que tengo adjudicada la combinación Alt+z para la raya porque me resulta muy fácil de pulsar. Respecto a Alt+8213 es estupenda si vas a usar el texto en Word, tal cual o para hacer un PDF. Y se consigue evitar eso que dices: que quede la raya con la que empieza la acotación del narrador al final de un renglón y el texto que sigue en la línea posterior.. Perooo, ¡ojo!: si el texto se va a maquetar en Indesign, no sirve porque ese programa no lo reconoce y desaparece.
      Espero la duda, pero, si es existencial, no sé si podré hacer algo con ella. 🙂

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  6. Muchas gracias por el blog en general y por la entrada en particular.
    Tengo una duda con el siguiente ejemplo:
    —Dicen que se fue con la idea de escapar de allí —afirmó él antes de añadir—: No lo logró. Lo detuvieron.
    ¿Ese «No» iría con mayúsculas o minúsculas? En el ejemplo de las ranas aparece una mayúscula después de los dos puntos, pero también hay puntos en el inciso.

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    • Creo que la solución más elegante (y sencilla) sería modificar esa acotación del narrador. Constatar que afirmó lo que acaba de afirmar es añadir ruido. No aporta información y distrae al lector (en la entrada hay varias alusiones irónicas a los narradores plastas 🙂). Y, si que la segunda parte sea un añadido es importante, debe quedar claro. Por ejemplo:
      —Dicen que se fue con la idea de escapar de allí. —Miro los mensajes del móvil unos segundos, como si la conversación no fuera con él y añadió—: No lo logró. Lo detuvieron.
      Otras soluciones is no hay más información relevante:
      —Dicen que se fue con la idea de escapar de allí. No lo logró. Lo detuvieron —afirmó él.
      La ortotipografía por sí sola puede ser un divertimento, pero el texto no está a su servicio; al contrario: primero, pensar qué decir y que el mensaje y su forma tengan enjundia y logren el efecto deseado en el lector.

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