La concordancia de número

En español el número gramatical solo tiene dos casos: singular y plural; o sea, las cosas las hace uno (una persona, un tornado, un dragón de Komodo…) o más de uno (impersonalidades al margen). Tiene pinta de que no pueda haber ningún problema. Pero en cualquier texto sale alguno.

TÉRMINOS COMPUESTOS

El primero es el plural de términos como metomentodo y sacacorchos, o como piso piloto y guardia civil. Los dos primeros ya están fijados como una palabra; cada uno de los dos segundos está formados por dos palabras en aposición y tuvieron su dosis de atutía con explicación del plural. Los primeros hay que mirarlos como una palabra y pluralizarlos sin complicarse (si las palabrejas lo permiten).
Las metomentodo usaban los sacacorchos y pensaban en cómo meter varios sofás cama(s) en los pisos piloto.

Algunos colores son un caso particular de sustantivos en aposición: falda berenjena, lazo rubí, uniforme gris claro. Eso hace que el concepto en plural se pueda expresar en singular: faldas berenjena, lazos rubí, uniformes gris claro; pero, si se perciben como adjetivos, se pueden pluralizar (aunque algunos suenan raros): faldas berenjenas, lazos rubís, uniformes grises claros. Ese claros es ambiguo porque no se sabe si califica a uniformes o a grises. La solución es usarlo en singular. Se puede incurrir en ambigüedades más inconvenientes: Se veían rostros amarillos pálidos (¿los rostros estaban pálidos o el color era amarillo pálido?).

NOMBRES COLECTIVOS

Ante algunos sustantivos, la gramática va por un sitio y la cabeza por otro.
La parentela llegó al convite una hora antes y se jaló las croquetas en un santiamén.

Que la parentela acudiera pronto suena a catástrofe pero no provoca extrañeza lingüística (porque imaginamos que los parientes llegan todos al mismo tiempo como una masa compacta). Ahora bien, cuando te imaginas el asalto a las croquetas, ves unas cuantas personas que se abalanzan sobre las mesas y el singular comió chirría porque las croquetas van a varias bocas. Pero desde el punto de vista gramatical, la concordancia se hace en singular. Otra cosa es el registro oral, que podría ser así:
La parentela llegó al convite una hora antes y se jalaron las croquetas en un santiamén. 

Hay un truco para tratar los nombres colectivos con respeto y que no se cortocircuite la neurona encargada de representar la escena. Consiste en dividir la secuencia con un punto, de manera que en la segunda oración se supone un sujeto plural elidido.
La parentela llegó al convite una hora antes. Se jalaron las croquetas en un santiamén.  

SUJETOS MÚLTIPLES

Que la cigüeña crotora y los elefantes barritan está claro. Pero la vida no siempre es tan sencilla; y no digamos la lengua. En efecto, a menudo el sujeto tiene varias partes unidas por una conjunción coordinante. Veamos unas cuantas posibilidades.

1. Sujeto formado por varios sustantivos unidos por una conjunción copulativa. Por si hace falta recordarlas, las conjunciones copulativas son y, e, ni, y también las compuestas tanto… como…, tanto… cuanto…, así… como…

1.1. El sujeto está antes que el verbo. Como normal general, el verbo va en plural.
La cigüeña, el elefante y ñu hacen ruidos. Ni la jirafa ni la culebra emiten sonidos.

Pero no pocas son las circunstancias que hacen que el verbo vaya en singular.
— Cuando el conjunto del sujeto se ve como un solo concepto.
♦ La cópula y reproducción de los animales resultan muy difíciles de filmar.
♦ La cópula y reproducción de los animales resulta muy difícil de filmar.
— Si los elementos que forman el sujeto son pronombres neutros.
Esto y eso se llevan mucho este año.
Esto y eso se lleva mucho este año.
— También si son construcciones de infinitivo.
Comer y rascar todo son empezar.
Comer y rascar todo es empezar.
— Y si son oraciones completas.
Que me ponga a comer y suene el teléfono ocurren casi todos los días.
Que me ponga a comer y suene el teléfono ocurre casi todos los días.
— Cuando los elementos empiezan por cada.
Cada melocotón, cada ciruela, cada paraguayo llevan su puñetera etiquetita.

Cada melocotón, cada ciruela, cada paraguayo lleva su puñetera etiquetita.
— O si hay un elemento final en singular que los engloba a todos.
El melocotón, la ciruela, el paraguayo, la fruta llevan su puñetera etiquetita.
El melocotón, la ciruela, el paraguayo, la fruta lleva su puñetera etiquetita.

1.2. Cuando el verbo va delante del sujeto, se puede concordar en singular o en plural. Con sujeto referido a personas es más natural el plural.
Entró Romualdo y sus coleguitas en el bar, y ya no hubo birras para nadie.
♦ Entraron Romualdo y sus coleguitas en el bar, y ya no hubo birras para nadie.
Por otra parte, el singular resulta más natural con la conjunciones ni, o.
♦ Atemorizaban la pose o el gesto o la voz bronca de Romualdo cuando entraba al bar. Pero no causaban admiración ni su peinado a raya ni sus pantalones de pinzas.
♦ Atemorizaba la pose o el gesto o la voz bronca de Romualdo cuando entraba al bar.  Pero no causaba admiración ni su peinado a raya ni sus pantalones de pinzas.
Y también si los sustantivos enlazados no llevan determinante.
♦ Le sobraba chulería y pasado para imponer su ley.
♦ Le sobraban chulería y pasado para imponer su ley.

2. Cuando los elementos del sujeto están unidos por una conjunción disyuntiva, el plural es siempre correcto.

2.1. Si el sujeto va antes que el verbo, se concuerdan en plural.
Aníbal o su lugarteniente pondrá orden.
Aníbal o su lugarteniente pondrán orden.

2.2. Si el verbo va antes que el sujeto, también está bien el singular.
♦ Pondrá orden Aníbal o su lugarteniente.
♦ Pondrán orden Aníbal o su lugarteniente.

3. Cuando los elementos del sujeto están unidos por una preposición, el verbo concuerda en plural.
David con sus amigos os dará sopas con honda. Goliat con los suyos saldrá por patas.
David con sus amigos os darán sopas con honda. Goliat con los suyos saldrán por patas.
Pero si el elemento que lleva preposición va entre comas o después del verbo, se concuerda en singular. Y lo mismo si el inciso empieza con además de, así como, como, junto a, junto con.
David, con sus amigos, os darán sopas con honda. Goliat saldrán por patas con los suyos.
David, con sus amigos, os dará sopas con honda. Goliat saldrá por patas con los suyos.

4. A veces la frase empieza pareciendo singular pero, de repente, se hace plural; la verdad es que el sujeto ha sido plural desde el principio.

Ocurre cuando el sujeto lleva un sustantivo en singular pero con dos adjetivos porque, en realidad, se está hablando de dos cosas.
La misantropía aparente y real la llevó a tener un geranio como socio de tragos.
La misantropía aparente y real la llevaron a tener un geranio como socio de tragos.
Claro que hay formas más claras y elegantes de resolver esa situación.
♦ La misantropía aparente y la real la llevaron a tener un geranio como socio de tragos.
♦ Tanto la misantropía aparente como la real la llevaron a tener un geranio como socio de tragos.

LO QUE NO ES SUJETO

Cuando no es sujeto, las cosas funcionan igual: en principio, si hay varias cosas, la lengua pide plural; por ejemplo, con los adjetivos.
Llevaba casco y escudo negros.

Pero se admite el singular si entre ambos sustantivos hay una relación muy estrecha.
La exposición va de vestimenta y armería medieval.
Aun así, hay que tener cuidado si no existe tal relación o se puede malinterpretar.
♦ La camisa y la cota familiar lo distinguían de sus compañeros.
♦ La camisa y la cota familiares lo distinguían de sus compañeros.
En la primera oración se puede interpretar que la camisa era, por ejemplo, de color naranja y por eso llamaba la atención.

Y debe ir en singular el adjetivo que vaya con dos sustantivos que se refieren a la misma entidad, están en singular y comparten determinante.
Quedo a menudo con mi ex y, sin embargo, amigo austrohúngaros.
Quedo a menudo con mi ex y, sin embargo, amigo austrohúngaro.

Si el adjetivo va delante, suele ir en singular salvo que los sustantivos estén en plural.
¡Qué gran sorpresa y alegría! Nos esperan grandes emociones y novedades.

ESTRUCTURAS COPULATIVAS

Si tanto el sujeto como el predicado de una oración copulativa son sustantivos (o pronombres o sintagmas nominales), la estructura es flexible.
 El mar es el pulmón del planeta.
 El pulmón del planeta es el mar.

Ahora bien, con independencia del orden, si una de las dos partes —sea el sujeto, sea el atributo— es plural, el verbo suele ir en plural.
♦ Lo que me estremece es los ruidos permanentes de la selva.
♦ Lo que me estremece son los ruidos permanentes de la selva.
♦ Los ruidos permanentes de la selva son lo que me estremece.

Hay otras estructuras que provocan vacilación acerca de la concordancia de número del verbo y ya tienen sendas dosis de atutía:
Las estructuras partitivas y pseudopartitivas: La mayoría de los tontos no se dan/da cuenta nunca de que lo son.
Las pasivas reflejas y sus perífrasis: Se regalan seis zambombas bien afinadas. Se iban a alquilar los anillos para ver la cabalgata desde la distancia.
La impersonalidad: Se critica a los poliplacóforos. Amanece (que no es poco) en Brazzaville y llueve a cántaros. Ya hace semanas que hace unos días muy malos.
El verbo haber: Había nueve planetas, pero el pobre Plutón se quedó en enano.

También es habitual patinar en el número cuando hay que mantenerlo en un elemento cuyo referente ya ha salido. Eso es otra dosis de atutía, que esta parece una sobredosis. Con lo sencillito que parecía poner singular con singular y plural con plural.

La concordancia de género

Como en la moda, en la lengua la elegancia está, muy a menudo, en coordinar bien todo el outfit conjunto. Y mira que es simple: masculino con masculino, femenino con femenino, singular con singular y plural con plural. Pues no debe de resultar tan fácil, porque se prodigan unos cuantos errores.

Seguro que la concordancia de género forma parte del currículo de párvulos, porque la complicación es nula. Eso sí, hay que tener cuidado de que todo esté en su sitio para saber con qué va cada complemento.
Me he comprado una extensión para la melena de materia natural nueva.
¿Qué es nuevo: la extensión, la melena o el material? Si cambiamos extensión por postizo, se complica la concordancia de género.
Me he comprado un postizo nuevo para la melena de materia natural nueva.
Y si en vez de materia natural se especifica que era de pelo natural, más aún.
Me he comprado un postizo ¿nuevo? para la melena de pelo natural ¿nuevo?
Eso por no decir que la melena entendemos que es suya y, por tanto, de pelo natural y la aclaración del material iba para el postizo.
Me he comprado un postizo nuevo de pelo natural para la melena.

También nos complican los textos las palabras que tienen género pero son iguales en masculino y en femenino (sustantivos comunes en cuanto al género).
La psiquiatra estaba enamorada del periodista. Era muy buena profesional. Ya no veía en él un paciente, pero estaba preocupada porque él se había obsesionado con una criminal y una psicópata que actuaban juntas.

No es que esas palabras sean un problema, pues, según su referente sea masculino o femenino, se concuerda todo lo que las rodee y ya está. Lo que da lugar a vacilaciones es que a muchas de esas palabras, a medida que designan una realidad que antes no existía, les brota una nueva terminación que cambia el género: dependienta, alcaldesa (pero no consulesa), jueza, bachillera… Por ejemplo, se empezó a plantear si es correcta la palabra cancillera cuando Angela Merkel accedió a ese cargo, pero bachillera se había fijado mucho antes (sí, desde que nos dejaron acabar el bachiller hasta que conseguimos presidir algo pasó mucho —demasiado— tiempo).

Como llegó ese cancillera (Diccionario del español actual, de Andrés, Seco y Ramos), es posible que lleguen miembra, agenta, representanta, testiga e, incluso, portavoza. Y puede que también periodisto y pediatro, como lo hizo modisto, pero, de momento, son invariables y se concuerdan los determinantes y los adjetivos que los acompañen. Además, hay que andarse con ojo.
Mi amiga la poeta me dice que ella y su colega la músico no son ni poetisa ni música. Y a su prima la médico le parece muy bien.

Y con tanto ojo que hay que andarse, porque han pasado a ser palabras de género común algunas que no se movían —pariente, familiar, bebé (esta última va embalada y ya ha dado el salto a desdoblarse: el bebé/la beba; y mejor en diminutivo: el bebito/la bebita)— y que, por tanto, hay que concordar.
Tengo una familiar que acaba de tener una bebita.

Quién sabe en qué momento darán el salto el/la víctima, un/una persona. Esas palabras se dice que son epicenas y tienen género, claro que sí, por eso hay que tener buen cuidado en concordarlas gramaticalmente, no por el sentido.
Atilano es un persona muy sencillo y un víctima resignado de su mujer, Clotilde, que se cree una magnate y es una mangante.
Atilano es una persona muy sencilla y una víctima resignada de su mujer, Clotilde, que se cree un magnate y es una mangante.

Y eso que, a veces, hay que ingeniárselas para que los epicenos sean precisos.
♦El hormigo se puso como un foco de gordo de tanto mordisquear los diminutos floros, que están en los pocos palmeros del oasis.
♦La hormiga macho se puso como una foca de gordo de tanto mordisquear los diminutos flores macho, que están en los pocos palmeros macho del oasis.
La hormiga macho se puso como una foca de gorda de tanto mordisquear las diminutas flores macho, que están en las pocas palmeras macho del oasis.

Luego están los vocablos indecisos; en realidad, los indecisos somos los hablantes, las palabras se dice que son ambiguas en cuanto al género.
♦Atilano, por no oír a Clotilde, atravesó la puente, pasó a la otra margen del río y, tras echarles un poco de azúcar triturada a las ánades, se fue a correr una maratón hasta la mar. Ella se quedó bebiendo el vodka y contemplando ese web de la internet donde aparecen las cobayas con un armazón medieval.
♦Atilano, por no oír a Clotilde, atravesó el puente, pasó al otro margen del río y, tras echarles un poco de azúcar triturado a los ánades, se fue a correr un maratón hasta el mar. Ella se quedó bebiendo la vodka y contemplando esa web del internet donde aparecen los cobayas con una armazón medieval.

Tampoco es que les demos vueltas a muchas palabras, pero, a veces, se las damos a las que no deberíamos; por eso se ponen siempre los mismos ejemplos.
Las tarifas de corrección de muchos editoriales son míseras. Y en los periódicos, quien escribe la editorial no espera que un corrector le anote las correcciones en la margen.
Las tarifas de corrección de muchas editoriales son míseras. Y en los periódicos, quien escribe el editorial no espera que un corrector le anote las correcciones en el margen.

AES TRANSFORMISTAS

También vacilamos cuando un sustantivo femenino empieza por a/ha tónica. Con lo fácil que es recordar que van con el, un, algún, ningún, al, del. La verdad es que una, alguna y ninguna valen, pero no son frecuentes. ¡Eh!, si la primera sílaba no es tónica ―como alacena—, no les pasa nada; y si no son sustantivos, tampoco.
♦Una hada rubia empuña una hacha afilada y se bebe la agua fría con la azúcar. Al entrar en la aula alta, mira la águila disecada con la ala extendida dentro del alacena.
♦Un hada rubio empuña un hacha afilado y se bebe el agua frío con la azúcar. Al entrar en el aula alto, mira el águila disecado con el ala extendido dentro del alacena.
Un hada rubia empuña un hacha afilada y se bebe el agua fría con el azúcar. Al entrar en el aula alta, mira el águila disecada de la alacena.

Resulta que algunas de esas palabras dan otras que ya no empiezan por a/ha tónica; lo que ocurre entonces es que ya no son tónicas y, por tanto, no les pasa nada.
El aguanieve que ha caído se parecía poco al agüita. Se veía en el alita del avión.
La aguanieve que ha caído se parecía poco a la agüita. Se veía en la alita del avión.

Y tampoco les pasa nada en plural ni si hay algo entre el determinante y la palabra.
El solitaria alma del arrebatada águila surge en un silencioso habla, pues en el asamblea animal lee los actas y recorre los áreas de los aulas.
La solitaria alma de la arrebatada águila surge en una silenciosa habla, pues en la asamblea animal lee las actas y recorre las áreas de las aulas.

Claro que hay unas cuantas excepciones que, por mucho que cumplan las condiciones, mantienen el determinante femenino. Ahí van las principales:
— Las palabras comunes en cuanto al género que empiezan por a/ha tónica (el determinante es lo que refleja el género y permite identificar el sexo del referente).
La habitante de aquella casa era una árabe y alojaba a una ácrata.
En este grupo hay una excepción a la excepción (los hablantes y sus cosas): se prefiere la árbitra; por lo visto, como estábamos acostumbrados a la árbitro y la terminación femenina es reciente, no acabamos de acostumbrarnos a el árbitra (que es lo que le tocaría).
— El nombre de las letras.
Me gusta más una hache intercalada que una a monda y lironda.
— Los nombres comerciales.
Vete a cenar a la Alma en Pena, que es una pizzería estupenda.
— Los nombres y apellidos de mujer cuando se les pone artículo.
La Adelaida que sale en la novela es una tipa, no la ciudad.
— Las siglas y los acrónimos cuya primera palabra desarrollada es femenina.
Soy socia de la ARPyC (Asociación Revitalicemos el Punto y Coma).

Y si la concordancia de género resulta singular, la dosis siguiente será para curar las faltas de concordancias en número, que eso sí que es plural.

Locuciones buldócer

Cuando se pone de moda una expresión, se convierte en un buldócer léxico que pasa por encima de todas las que significan algo similar o lo parece. Lo mismo ocurre con los adverbios y las preposiciones; ahí están los ejemplos de la pluriempleada donde, de la ya cansina desde y de la inflacionada hasta. Con las locuciones adverbiales y preposicionales el efecto se acerca al de la canción del verano: como no podía ser de otra manera, preparamos una barbacoa despacito, no, lo siguiente, en base a la gozadera que es lo que viene siendo una booomba colgando en las manos de redactores y políticos. Aquí van cuatro de esas locuciones; la primera, que es repe, al ritmo que va, pronto habrá incorporado el significado que, de momento, no tiene.

MÁS ALLÁ

La locución adverbial más allá está formada por dos adverbios: más y allá, y sumarlos no los metamorfosea; más bien es una roca sedimentaria. El caso es que significa ʽpasado alláʼ y el allá puede ser espacial o temporal.
Más allá de la calidad del texto, se ve enseguida si ha tenido una corrección buena por las locuciones adverbiales; y por las comas.

Si alguien se siente tentado de usar ese más allá con el sentido que se le quiere dar en el ejemplo anterior, puede tirar de al margen de, sin tener en cuenta, dejando de lado, aparte de, diferente de, independientemente de, sea cual sea, que no sea.
Sea cual sea la calidad del texto, se ve enseguida si ha tenido una corrección buena por las locuciones adverbiales; y por las comas.

Esas pobres locuciones adverbiales marginadas y arrinconadas deberían despertar oleadas de solidaridad.
Más allá de Sin tener en cuenta los 20 euros que me costó el botijo, lo que voy a gastarme este año en sandías me desequilibrará el presupuesto de todo el año.
Más allá de Dejando de lado alguna que otra lipotimia, tener una galbana de campeonato es lo que toca en verano, ¿no? Es que parece que nadie se lo esperaba.
Más allá de Además del interés por la paella y la sangría de los chiringuitos, no sé qué gracia le ven los guiris a andar por la solana a mediodía.

También hay quien cree que más allá significa ʽsinʼ.
El valor intrínseco de la morcilla está más allá de toda discusión.
♦ El valor intrínseco de la morcilla no ofrece/admite ninguna posibilidad de discusión.
♦ No es posible cuestionar el valor intrínseco de la morcilla.
♦ La morcilla presenta un valor intrínseco sin posibilidad de discusión.

No obstante, más allá alberga más de un significado. Puede significar ʽmás lejosʼ, en el espacio o en el tiempo.
No veo nada más allá de la primera línea de sombrillas. Y no hago planes para más allá de este fin de semana.

Y cuando se convierte en sustantivo significa ʽtan requetelejos que nadie ha vuelto a contar lo que hayʼ.
No me veo en el más allá. Que igual el sitio es chulo, pero eso de tener que morirse para llegar…

POR ORDEN DE / DE ORDEN DE

Los comunicados de los alcaldes tienen otro tono desde que no existen pregoneros, pero nos siguen llegando los mandatos de orden (ʽpor mandato deʼ) del señor alcalde y no por su orden, que sería otra cosa.
De orden del camarero del chiringuito, que te tomes la caña y el gazpacho por su orden, es decir, primero la una y luego el otro.

O sea, de orden de significa ʽpor mandato deʼ y por orden significa ʽsucesivamenteʼ. Además, en orden a significa ʽrespecto aʼ y ʽcon el fin deʼ ʽparaʼ. Y todo eso más allá de al margen de la locución del orden de, que indica estimación o aproximación.
Había del orden de 300 hormigas en la cocina. Las fui contemplando por orden de llegada a medida que entraban en orden, o sea, bien formada la fila, en orden a ir dándoles con la mano del almirez, una por una, de orden de la señora de la limpieza.

A RESULTAS DE / DE RESULTAS DE

Pues resulta que a resultas no es una locución de primera; o no lo era. La buena era de resultas, que significa ʽpor efectoʼ o ʽpor consecuenciaʼ. (María Moliner y el DLE no recogen a resultas, pero Seco, Andrés y Ramos, sí).
A resultas del uso, las locuciones se van retorciendo y modificando. Más allá de su forma, algunas también cambian de significado.
De resultas del uso, las locuciones se van retorciendo y modificando. Independientemente de su forma, algunas también cambian de significado.

EN TANTO / EN CUANTO

La locución en tanto significa ʽdurante el tiempo que ocurre algoʼ y también puede ser entre tanto, entretanto y mientras tanto.
En tanto sea verano, gazpacho todos los días de aperitivo.

No sirve para decir qué papel desempeña alguien o algo; para eso esta en cuanto.
En tanto refresco veraniego, las sopas de ajo son poco apreciadas.
En cuanto que refresco veraniego, las sopas de ajo son poco apreciadas.

Ahora bien, esta, versátil y volandera, puede hacer más cosas. Seguida de un verbo, marca el momento en el que empieza a ocurrir algo.
En cuanto empieza el verano, las sopas de ajo son poco apreciadas.
(También tiene de duración, como si fuera un mientras, pero es de poco uso).

Efectivamente, las locuciones y su significado cambian con el uso; a fin de cuentas, los hablantes hacen de sus locuciones un sayo y se lo quitan si quieren aunque no sea 40 de mayo. Pero, de momento, no dejo ni un más allá con cabeza en los textos que pasan por mis manos. Uníos a mí en la LLLLL: Liga por unas Locuciones Lustrosas, Lapidarias y Leales. Eso o que los diccionarios registren de una vez más allá con el significado que le da todo el mundo, ¡coñe ya!

Elogio, o no, del pleonasmo

El pleonasmo consiste en usar palabras que dentro de la oración repiten información aportada por otras. Por lo general, se considera feo, hasta el punto de que en su segunda acepción, el DLE dice que es «demasía o redundancia viciosa de palabras». Pero lo cierto es que todos nosotros hablamos y escribimos con pleonasmos continuamente; sin ir más lejos, en la oración anterior al punto y coma hay un par, pues la terminación de los verbos ya expresa un nosotros y, en vista de que no hay restricción alguna, ese todos repite la información del nosotros.

Hay casos de pleonasmo que resultan palmarios.
Echaron a volar en dirección hacia el norte.
La locución en dirección a significa exactamente lo mismo que la preposición hacia. (¿Todo el mundo ha visto el pleonasmo de la oración anterior?; ¿o exactamente lo mismo no es pleonástico?). El texto queda más simple así:
♦ Echaron a volar hacia el norte.
♦ Echaron a volar en dirección al norte.

Y aquí, un pleonasmo de doble tirabuzón:
El timador, dirigiéndose a los incautos, les dijo: «La homeopatía ha demostrado su efectividad».
Ahí, dirigiéndose repite la información de la preposición a; y, además, el pronombre les también repite el destinatario. La oración es más sencilla así:
♦ El timador, dirigiéndose a los incautos, dijo: «La homeopatía ha demostrado su efectividad».
♦ El timador les dijo a los incautos: «La homeopatía ha demostrado su efectividad».

Claro que la duplicación del complemento indirecto e, incluso, del directo, es una estructura pleonástica que resulta natural en español y es obligatoria a veces.

Hay pleonasmos feos cuya única intención parece ser alargar una frase; o quizá quien la redactó no quiso dedicar un rato a pulirla y hacerla más elegante.
Se sintió totalmente desorientado al ver las diferentes opciones que se le ofrecían.
Se sintió desorientado al ver las opciones que se le ofrecían.
No parece que totalmente y diferentes añadan nada a la oración.

Y requetehorrorosos son esos pleonasmos tan típicos de los libros de autoayuda y de textos que pretenden pasar por megaenrollados, superamigables e hiperimpactantes.
Autocompadécete de ti mismo y siéntete autocomplacido por autoayudarte a salir de dentro de la profundidad del hondo pozo de la tristeza.
Compadécete de ti mismo y siéntete complacido por ayudarte a salir del pozo de la tristeza.
Una vez escardado el léxico (el contenido no hay quien lo adecente), todavía queda ese compadécete de ti mismo, pero es conveniente para evitar la ambigüedad que puede surgir porque el verbo compadecer se usa como pronominal.

Cabe decir que con mucha frecuencia los adverbios y algunos adjetivos son bastante pleonásticos; como acaba de ocurrir en la frase anterior: ¿qué diferencia hay entre frecuencia y mucha frecuencia?; ¿y entre bastante innecesario e innecesario? Ninguna.

En realidad, no hay ninguna diferencia cuantificable, pero sí la hay desde el punto de vista estilístico y expresivo. Las dos formulaciones siguientes dicen lo mismo:
♦ Mira, hija, con la nieve puedes hacer pequeñas bolitas redondas —dijo, modelando con las dos manos una porción de la blanca agua helada.
♦ Mira, hija, con la nieve puedes hacer bolitas —dijo, modelando con las manos una porción de la blanca agua helada.

Cierto, se puede prescindir de pequeñas y de redondas porque ambas ideas están en la palabra bolitas, pero el efecto que produce en el lector la forma sin pleonasmos no es el mismo (ni, probablemente, el que produciría el padre en la niña). Y el numeral dos no aporta información a las manos; de hecho, se podría reducir más: modelando una porción de agua helada, ya que las cosas se suelen modelar con las manos; si hubiera hecho las bolas de nieve con las orejas sí convendría explicitarlo.

El uso de esos pleonasmos puede ser una elección del autor y, en ese caso, poco hay que decirle. Menos pertinente serían los mismos pleonasmos en un recetario de cocina para describir  la elaboración de los buñuelos de bacalao.
Haz con las dos manos pequeñas bolitas redondas de la masa que has preparado previamente.
Haz bolitas de la masa que has preparado.

La segunda frase no impele a hacer bolas grandes ni cuadradas y la conjugación (pretérito perfecto compuesto) del verbo preparar encierra un previamente. Por tanto, a no ser que haya que rellenar páginas, la segunda forma es más adecuada, ya que la información concisa se asimila mejor. Si estás en la cocina, con el libro de recetas y metido en harina (literal y metafóricamente), lo que menos necesitas son circunloquios y despistes; por tanto, en ciertos tipos de textos, cuantos menos pleonasmos, mejor.

Pero el pleonasmo no es el mal. Hay algunos que explican más de lo que parece.
Solo se atiende con cita previa.
¿Que toda cita es previa? Sí, pero lo que dice es que no te presentes en la oficina o la consulta esperando que te atiendan media hora más tarde; debes pedir la cita con cierta antelación. A buen entendedor, un pleonasmo le basta.

Por otra parte, en español la negación es a menudo obligatoriamente redundante y a los hablantes no nos da ningún problema. De eso hablaba aquí.

Es más, hay pleonasmos incontestables, insustituibles, inevitables. Esa madre que le dice a su hijo:
Pasa palante. Entra adentro y no vuelvas a salir afuera sin mi permiso.
Al niño no le va a parecer que los adverbios adelante, adentro y afuera sean pleonásticos de sus verbos respectivos. Por el contrario, añaden información, sobre todo si la madre los pronuncia con cierto tono; es más, los tres significan lo mismo: ‘que no te lo tenga que repetir, que me tienes hasta el moño’. Esa acepción no figura en los diccionarios pero la comprenden todos los hablantes de la lengua.

O esa adolescente que pilla a su novio espiándole el móvil y le suelta:
No quiero volver a verte nunca jamás de los jamases en toda mi vida.
Para mi gusto, pocos pleonasmos tiene esa oración.

Así que, antes de borrar o evitar un pleonasmo, vale la pena pensar si cumple alguna función, si ayuda o estorba, si alarga y enmaraña o refuerza y matiza: no es lo mismo haber visto un fantasma que haberlo visto con mis propios ojos. Claro que verlo en la noche oscura, con una suave brisa moviendo las volátiles cortinas, durante breves instantes, mientras te quedas aterido de frío, pensando en las consecuencias derivadas de que las opiniones personales del protagonista principal usen falsos pretextos para lograr el resultado final… es otra cosa; otra cosa muy distinta.

río hozgargantaa

Que la vida es un pleonasmo uno lo empieza a comprender más tarde. Y todo eso lo cuenta y lo explica mucho mejor el gran gramático Ignacio Bosque en el artículo «Sobre la redundancia y las formas de interpretarla».

Vamos a contar… mentiras

No solo de letras vive el corrector/escribano. Hoy va una de aritmética.

Los ermitaños arrastran su conchas asomando sus patitas y vigilando con sus ojitos.
La pregunta es cuántas conchas arrastra un ermitaño, cuántas patitas tiene y con cuántos ojos vigila. Y la respuesta es que tiene diez patitas (más tres pares de piezas bucales) y dos ojos —compuestos, eso sí—; pero concha solo arrastra una cada uno, por lo que la redacción tendría que ser así:
Los ermitaños arrastran la concha asomando las patitas y vigilando con los ojitos.

Casi seguro que nadie duda de que la concha solo es una, por lo que se puede conjeturar que tras ese plural y los tres posesivos rondan dos calcos sintácticos del inglés (para hacerlos no hace falta saber inglés). En ese idioma el plural distributivo es obligado y también es natural el posesivo aplicado a las partes del cuerpo. Si juntamos ambos rasgos en una frase en español, el horrorismo es XXL, que significa ‘requetegrande’ en inglés (extra extra large) o ’30’ si lo lees en latín y disculpas la pésima ortografía del redactor romano. Vamos con más ejemplos.

Y allá vamos, un carnaval más, por las calles con los coloretes en nuestras caras y las pelucas en nuestras cabezas.
Cuando alguien dice eso, sale el dios Momo a dejarlo sordo para que no pueda oír ni un cuplé; y si el destrozasintaxis no solo lo dice, sino que, además, lo escribe, entonces el mismísimo Tío de la Tiza se revuelve en la tumba (sí, en su tumba, pero, como está claro que es la suya, no hace falta poner el posesivo) y sale a repartir golpes con el pito de caña. Con sintaxis en español fetén, esa frase va así:
Y allá vamos, un carnaval más, por las calles con los coloretes en la cara y la peluca en la cabeza.

Porque, obviamente, calles hay muchas y coloretes se llevan dos (uno en cada mejilla); sin embargo, como cada uno tenemos una sola cabeza, lo normal es llevar una peluca. Además, a pesar de no usar ni un solo posesivo, nadie dudará de que cada uno lleva los coloretes en su cara y la peluca en su cabeza.

En estos dos asuntos, el plural distributivo y los posesivos asociados a las partes del cuerpo, la sintaxis natural en español raras veces dará lugar a equívocos; si ocurre, entonces hay mecanismos para evitarlos. En el caso de que no se sepa de quién es la parte del cuerpo, se puede recurrir a especificarlo en el sentido que haga falta.
1) Se miraron a los ojos y ella puso la mano en la rodilla.  (¿De quién cada cosa?).
→ La forma más ambigua; es probable que el contexto lo aclare todo. 
2) Se miraron a los ojos y ella le puso la mano en la rodilla. (Mano de ella, rodilla de él).
→ La forma más clara, aunque no lo parezca, y sencilla.
3) Se miraron a los ojos y ella se puso la mano en la rodilla. (Mano y rodilla de ella).
→ También clara como la 2, pero para decir otra cosa. Igual ella tiene reuma.

4) Se miraron a los ojos y ella puso la mano en la rodilla de él. (Rodilla de él, ¿mano?).
→ Puede que antes él le hubiera echado la mano encima a ella; ¡ay, el contexto!

5) Se miraron a los ojos y ella puso la mano en su rodilla. (¿De quién cada cosa?).
→ Vaya usted a saber qué rollo se llevan; ¡ay, el contexto!

Sí, hay unas cuantas opciones más, que el redactor, el traductor y el corrector observarán con atención para resolverlas lo mejor posible. Y aun se complica más si varias personas echan la mano a donde sea.
Todos le echaron sus manos a su hombro para decirle que lo compadecían.
Todos le echaron la mano al hombro para decirle que lo compadecían. 

Cuando el plural parece necesario para evitar extrañezas, también hay soluciones que sortean este horrorismo: Se fueron a sus esquinas a escuchar sus chirigotas.
La sencilla: Cada uno se fue a su esquina a escuchar su chirigota.
Y la rebuscada alargapáginas: Se fueron a sendas esquinas a escuchar sus chirigotas respectivas.

El problema de tirar de plural a troche y moche es que quizá no se diga lo que se quería.
A ellos los preparaban para mantener a sus esposas y a sus hijos. Los emigrantes les mandaban a sus familias remesas de dinero y ropa.
Está claro que hablamos de hombres polígamos y muy responsables, pues se ocupan de la familia que han formado con cada una de las esposas. ¡Ah!, que no; pues entonces, la redacción debe ir así:
A ellos los preparaban para mantener a la esposa y los hijos. Los emigrantes le mandaban a la [su] familia remesas de dinero y ropa.
O bien (más recargadito):
A ellos los preparaban para mantener a su esposa y a sus hijos. Los emigrantes les mandaban a sus respectivas familias remesas de dinero y ropa.

O sea, cada vez que aparezca un plural hay que preguntarse si cabe el singular.
Los óvulos fecundados se transforman en semillas; los ovarios que los rodean se hinchan y maduran.
Los óvulos fecundados se transforman en semilla; el ovario que rodea a cada una se hincha y madura.
Porque no es cierto que un óvulo dé varias semillas ni que cada uno esté rodeado por unos cuantos ovarios.

¿Cuántos destinos sueña una madre para su hija? Puede que varios, pero si la buena mujer solo vislumbra un futuro afortunado, mejor no sugerir que son varios. Y madre no hay más que una; eso ya lo teníamos claro, ¿no?
Las mujeres que no vistieron el tul ilusión tuvieron que buscarse destinos distintos a los que sus madres habían soñado para ellas.
♦ Las mujeres que no vistieron el tul ilusión tuvieron que buscarse un destino distinto al que su madre había soñado.
♦ Las mujeres que no vistieron el tul ilusión tuvieron que buscarse un destino distinto al que sus madres respectivas habían soñado para ellas.

Otras veces el plural describe con precisión los límites.
La mayoría de las tribus se replegaron cuando sus zonas se convirtieron en campos de batalla. (Cada tribu tenía varias zonas y cada zona fue varios campos de batalla).
La mayoría de las tribus se replegaron cuando su zona se convirtió en un campo de batalla. (Cada tribu tenía una zona y cada zona fue un campo de batalla).

Y usar el singular puede servir para bajarle los humos a alguno.
Los hombres que tienen coches grandes necesitan aparcamientos especiales.
♦ Los hombres que tienen un coche grande necesitan un aparcamiento especial.
♦ Los hombres cuyo coche es grande necesitan un aparcamiento especial.

En ocasiones, el plural hace que el relato quede muy raro.
Los soldados levantaron los escudos. Algunos se llevaban las manos a las gargantas.
Ahí te imaginas a cada soldado manejado varios escudos con las manos (con sus dos manos, por supuesto; ambas manos, que sííí). Claro que debía de ser un relato de ciencia ficción cuyos personajes tienen varios cuellos (¿y cabezas?); pero si eran romanos normales y corrientes, la cosa debe ir, por ejemplo, así:
Cada soldado levantó su escudo. Algunos se llevaban las manos a la garganta.
O incluso:
Los soldados levantaron el escudo. Algunos se llevaban las manos a la garganta.

Así que ante la duda, singular; y, ante la duda, sin posesivo.

Tu amigo el dativo

Quien haya estudiado latín alguna vez se acordará de que uno de los casos de las declinaciones es el dativo. Por si no suena lo de rosa rosae, eso del dativo es (entre otras cosas) el complemento indirecto (CI); y para quien no tenga ni idea de qué hace el CI en una oración, es la parte de una oración que expresa a quién le pasa lo que dice el verbo o para quién va (el turrón duro le gusta a mi cuñada y el mazapán es para mi abuela); eso, en general y con poca precisión, pues no siempre es así (a  menudo ese a quién es el complemento directo).

Pues bien, resulta que el CI es esquivo y contorsionista; puede aparecer en la oración aunque no sea imprescindible; otras veces no está y se le echa de menos para que el texto suene natural; y cuando parece que sobra, aporta expresividad.

Eso es justo lo que hace el dativo de interés: señala a quien resulta beneficiado o perjudicado por la acción; y, si bien el verbo no lo necesita, hay que ver lo redondas que quedan las frases si está.
—Mamá, que Rodrigo se me ha subido a las barbas —le dijo Alfonso a doña Sancha.
—Y a mí con el relente de León no se me seca la ropa —replicó ella desolada.

El beneficio o el daño hay que interpretarlos en sentido laxo porque seguro que doña Sancha no se quedaba sin camisetas si no se le secaba la colada. Más directo se ve el perjuicio cuando el dativo de interés se lo aplica Yúsuf ibn Tashufín a Alfonso.
—Alfonso se me ha subido a las barbas y me ha hecho un agujero en la línea de defensa de Aledo.
—No te quejes, Yúsuf; en Zalaca se te apareció la Virgen y le diste sopas con honda.
—Es que cuando se nos enciende la luz a los almorávides…
—Sin presumir, que a los ziríes y los aftasíes les robasteis las respectivas taifas.
Ese último les, además de ser dativo de interés, duplica el CI, lo cual casi siempre es posible y a veces, obligatorio, como explica otra dosis de atutía.

Por otra parte, que el dativo de interés sea un CI no exigido por el verbo no significa que no sea necesario. Sin él, queda claro que Alfonso es un gorrón:
—Se ha presentado Alfonso en Toledo; a mesa y mantel, ya verás —dijo al-Mamún.
Ahora bien, un dativo de interés da más información y aporta matices expresivos.
—Se me ha presentado Alfonso en Toledo; a mesa y mantel, ya verás —dijo al-Mamún.

El dativo de interés tiene una prolongación: el dativo ético, que señala el sujeto al que le afecta la acción, pero cuando esa afectación es menos material y más afectiva.
¡Qué mayor se está haciendo el niño! Le dejas unas tropas y asedia Zamora en un pispás. Ya se lo dijo a García: «No te vas a escapar; a Sevilla que vas».

Sin duda, doña Sancha está contenta de Alfonsito, pero la frase habría sugerido más orgullo materno así:
¡Qué mayor se me está haciendo el niño! Me le dejas unas tropas y asedia Zamora en un pispás. Ya se lo dijo a García: «No te nos vas a escapar; a Sevilla que te me vas».

Por cierto, ese dativo ético tuvo su momento mediático de gloria en un anuncio. Lo repitió mucha gente sin saber que estaba usando un aderezo gramatical tan elegante.

Además, el dativo ético tiene una variante: el dativo aspectual o concordado (este no tiene el nombre bonito, no), que concuerda en persona con el sujeto de la acción y sirve para requetenfatizar y dar intención.
No se conocía bien el percal y nos invitó. Nos bebimos hasta el agua de los floreros.

Y luego está el dativo simpatético, un invento del español al que asedian los posesivos calcados del inglés. Y mira que solo por el nombre ya vale la pena ese dativo: ¿¡o no es preferible un simpatético que un posesivo!? Vale, casi cualquier adjetivo suena mejor que posesivo; Y, sin embargo, eso es lo que hace este dativo: identifica el poseedor del sujeto de la oración. Ahí va el ejemplo:
Me tiemblan las piernas cada vez que tengo que dar una explicación gramatical.
A ver si no suena más natural eso que esto:
Mis piernas tiemblan cada vez que tengo que dar una explicación gramatical.

Desde luego doña Sancha le hablaba a Alfonso con dativos simpatéticos.
—Alfonso, el corazón de al-Muatamid se ha parado cuando ha visto que no vas a frenar a los almorávides.
—Madre, es que se había cariado mi muela y mi perro se comió mi espada y el corazón del caballo se paró y no llegué a tiempo de evitarle a él su exilio.
—Alfonso, a al-Muatamid se le ha parado el corazón cuando ha visto que no vas a frenar a los almorávides.

—Madre, es que se me había cariado una muela y el perro se me comió la espada y al caballo se le paró el corazón y no llegué a tiempo de evitármele el exilio.

Yo diría que el segundo y el tercero me son a la vez simpatéticos y de interés, que para unos simples pronombres es mucho ser. Pero vamos a lo importante: la gracia de esos dativos es que hacen que el texto suene natural y que esté mucho mejor que ese engendro lleno de posesivos que parece inglés aljamiado.

La utilidad del dativo simpatético es muy clara cuando se habla de partes del cuerpo, pero no es exclusiva y conviene estar atento a usarlo siempre que aligere el texto.
Se han muerto todos sus geranios y se ha escapado nuestro loro.
Se le han muerto todos los geranios y [a nosotros] se nos ha escapado el loro.

Incluso cuando no se expresa, en realidad, posesión.
Urraca, sube al jubón su bajo, que tu hermano Alfonso va hecho un adefesio.
Urraca, súbele el bajo al jubón, que tu hermano Alfonso me va hecho un adefesio.
Sí, el bajo es del jubón, pero no acaba de ser una posesión.

Así que poned dativos a discreción; mejor que sobren que no que falten.

Y, por si en este recorrido por los dativos con apellido no ha quedado claro, aquí va un aviso para laístas y loístas: los pronombres de tercera persona para escribir un dativo de interés fetén son los mismos que los del CI: le, les (nada de la, lo, las, los) y hay que concordarlos en número (singular, plural) con su antecedente.

De la tirita en las comas al bisturí en las subordinadas

Esta dosis de atutía va destinada a remediar afecciones distintas de las que este sanatorio acostumbra a tratar. A los profesionales de la lengua (que no somos gente que charre sin parar, sino traductores, correctores, redactores y otros humanos que tratamos con textos) nos gusta, de vez en cuando, hablar de lo que hacemos en vez de hacerlo; entonces organizamos un tradusarao, un partycorrijo, una lingüijarana, un verb&roll, un rock&teclas… La última ocasión ha sido el SELM 2018, un [¿lo diré?] evento que se había dedicado en exclusiva a la traducción hasta que los organizadores le abrieron las puertas de par en par a la corrección. Así que, solo por darles las gracias, tenía que preparar una cataplasma especial.

Para tal ocasión intenté ordenar algunas ideas que me rondan hace tiempo sobre la práctica de la corrección; no sobre el trabajo en sí, que consiste en ponerse delante del texto y corregirlo, chimpún, como sabe cualquier corrector profesional, sino sobre por qué decido cambiar una palabra pero no otra menos común y clara; y qué me lleva a darle la vuelta a una pasiva en un texto pero no en otro; y a santo de qué hoy pongo comas a diestro y siniestro mientras que ayer parecía que tuviera que pagarlas. Porque lo cierto es que unas veces toco el texto con las puntas de los dedos, otras les doy un par de vueltas a los puños de la camisa, otras me arremango hasta más arriba del codo y otras me quito la camisa y me enfrento a los anacolutos con camiseta imperio, pañuelo de cuatro nudos en la cabeza y un botijo a mano.

¡Ea!, pues ya he acabado,  ya que esto va de grados de intervención en un texto y acabo de definir cuatro. No, claro, esos grados pueden servir para entendernos entre gallinas viejas de la corrección, pero lo que rebota en mi cabeza —y no deja de darse morrones de los parietales al frontal, de allí a un occipital y vuelta hacia el esfenoides—  es cómo sistematizar el grado de intervención en un texto y cómo proporcionarles herramientas de procedimiento a los pollitos que empiezan a picotear sus primeros deleátures (ya me he metido en un jardín: ¿alguien había escrito el plural de deleátur?).

Lo que hay que saber para corregir es lengua, más lengua y toda la lengua posible; eso comprende lo que tenga norma y lo que responda a usos y costumbres asentados (el melón de los cambios en la norma y cuándo un uso ya está asentado no voy a abrirlo yo). Pero, además, ante un encargo de corrección, hay que valorar qué grado de intervención necesita el texto y qué grado espera el cliente, y no siempre coinciden. Para cualquier corrector experimentado esa valoración es intuitiva y no se explicita. Además, a menudo es proporcional a la tarifa y al plazo de entrega, y con frecuencia responde a órdenes del cliente tales como «toca lo mínimo», «que no nos estrellemos», «déjalo bien sin más», «mejóramelo lo que puedas», «que quede impoluto»; lo bueno es que nos entendemos, y muchos clientes, y no pocos correctores, quedan contentos. Ahora bien, eso no obsta para que intentemos levantar un andamio teórico sobre el que se construya el aprendizaje (y la enseñanza) de la corrección, así como la práctica profesional. No creo haber llegado a la sistematización óptima (y puede que ni siquiera a una buena), pero a muchos de los asistentes a mi ponencia les gustó lo que dije y me comprometí a dejar aquí algunas pistas. Así que esta inyección de atutía no sirve para curar ningún texto, pero a lo mejor sí para que los futuros sanadores vayan madurando el saber hacer del oficio.

Pues bien, definida ya la escala de arremangamiento y no viéndole mucha precisión, veamos otra a cuyos grados les adjudiqué, en la ponencia, sus respectivas características a partir de algunos ejemplos de textos reales.
Grado 1 = Toco los ¡p’habernos matao!
–Compruebo que no hay faltas de ortografía.
–Quito comas incorrectas y pongo comas obligatorias.
–Elimino accidentes (duplicaciones, erratas…).
–Estoy tentada de evitar alguna repetición léxica, pero que se repitan palabras no provoca un maremoto, así que las dejo.  
Grado 2 = Toco los ¡madre mía!
–Posesivos, en español, los justos.
–Evito repeticiones léxicas (con un par de líneas en medio ya no parece repetición).
–Esa frase no se entiende ni iluminada por el Espíritu Santo; le pongo un relativo que le hace un apaño.
–Elimino adjetivos absurdos y, encima, repetidos.
–Doy con algunos sustantivos más precisos.
–Me cargo expresiones calcadas que no hay quien entienda.
–Las preposiciones son elásticas, pero todo tiene un límite.
Grado 3 = Toco los ¡que el lector no sufra!
–Pongo las cursivas y las comillas indiscutibles.
–Sustituyo dos oraciones ínfimas, que parecen pronunciadas por un estudiante del curso introductorio de español en el Cervantes de Kuala Lumpur, por una compuesta, con su subordinada de relativo.
–Me cargo expresiones calcadas a pesar de que se entienden.
–Doy con algunos calificativos más pertinentes que los que venían de serie.
–Muevo palabras y sintagmas para que queden las frases ordenaditas y elegantes.
–No sobrevive ni una cacofonía.
–Afino, pero que mucho, con preposiciones y adverbios.
Grado 4 = ¡Pero si ya lo he dejado como una patena!
–Igual me he pasado en el grado 3.
–Quizá no he establecido bien los grados.
–¿Y si no he entendido el encargo?
Probablemente tengo que pensar más.
–Puede que no sepa hacer esto que me he propuesto.

Pues parece que soy capaz de enumerar lo que he hecho en cada grado, pero eso no es sistematizar, sino oírme pensar a medida que corrijo; así que tenía que seguir analizando ejemplos y poniendo nombres cada vez más serios a lo que hago.
Grado 0: Que no haya faltas ni errores garrafales ortográficos y de puntuación. (Insuficiente como grado mínimo de intervención profesional).
Grado 1: Sin faltas ni errores garrafales ortográficos ni de puntuación, léxico y sintaxis.
Grado 2: Evito repeticiones léxicas y cacofonías; busco precisión léxica.
Grado 3: Hay que depurar el texto y aligerarlo. (Salvo que sea un texto deliberadamente farragoso y espeso).

Como definición no está mal, pero hay que hacer esos grados más descriptivos; y así llego a algunos mojones (lo pongo fácil para los denostadores [los modernos los llaman haters]) que, seguramente, no serán definitivos, pero que pueden servir para seguir pensando en cómo aprender y enseñar este hermosísimo oficio de mimar el texto y cuidar del lector. Y para que además de sistematizados y caracterizados los grados de intervención queden ordenados y monos, hago un cuadro.

grados corr2

Y aquí lo dejo para uso y disfrute de quien pueda tener interés en el asunto.