La parte, el todo y su alrededor

Como casi nada es absoluto, a menudo se habla y se escribe sobre la mayoría de los tardígrados, sobre buena parte de los filisteos, sobre una selección de mis cazuelas de barro o sobre un montón de los tapones de corcho usados por la industria vitivinícola.

Lo que tienen en común esas expresiones (para los enteradillos, construcciones partitivas) es que se refieren a una parte (un merónimo) de un todo (el holónimo del merónimo) y que tienen esta estructura:
>>>>>  cuantificador + preposición + determinante + nombre del conjunto  <<<<<

O sea que para construirlas bien basta con el nivel de sintaxis de un estudiante de español A1 natural de Papúa Nueva Guinea. Sin embargo, hay una trampa en la que es habitual caer y un charco en el que más de un escribano se queda con los pies mojados y preguntándose cómo ha podido meterse ahí.

El charco es este:
♦ La mayoría de los tontos no se dan cuenta nunca de que lo son.
♦ La mayoría de los tontos no se da cuenta nunca de que lo es.

Sí, las dos son correctas. Es decir, hay dos formas de concordar el verbo y lo que lo sigue con el sujeto: bien por el sentido con los tontos (dan, son), bien por la gramática con la mayoría (da, es). Lo que no queda tan elegante es no acabar de decidirse:
La mayoría de los tontos no se da cuenta nunca de que lo son.

La idea subyacente es que por mucho que la mayoría sea gramaticalmente singular, la mayoría de los tontos señala a más de una persona y el sentido de la oración pide que el verbo esté en plural. No obstante, se recomienda que si en la oración no está el nombre del conjunto (lo que va en plural) se concuerde en singular; así:
El grueso de los romanos salían a la batalla sin depilar. La mayoría tenía las piernas como columnas jónicas.
Aunque no es incorrecto dejarse arrastrar al plural por la imagen de miles de romanos:
La mayoría tenían las piernas como columnas jónicas.
Además hay un truco para que el plural del verbo no tenga un pero:
La mayoría de ellos tenían las piernas como columnas jónicas.

Y ahora la trampa. En esas estructuras se habla de una parte de un conjunto determinado: los romanos, los tontos, lo decápodos, los socios del bufete…
La mitad de vecinos no asistieron a la reunión de la comunidad, ¡vaya sorpresa!
La mitad de los vecinos no asistieron a la reunión de la comunidad, ¡vaya sorpresa!

Es muy fácil olvidarse de poner el determinante, pero tiene que ir por la naturaleza de la estructura. Claro que no tiene que ser necesariamente el artículo; cabe un adjetivo posesivo o uno demostrativo.
♦ Solo el 63 % de las canciones del verano son veraniegas. El 37 % de ellas son de entretiempo. 
♦ La mayoría de tus apariciones son una filfa —le dijo a aquel compañero fanfarrón e ignorante; aunque puede que lo pensara pero no llegara a pronunciarlo.
♦ La mitad de estas olas las provoca el tontolaba de la motito acuática —le dijo la espatarrada ofiura a la pizpireta medusa—. Ve y dale un viaje, anda.

Para que conste y no nos liemos: hay estructuras que se parecen mucho a las partitivas, pero no son iguales (por eso se llaman pseudopartitivas). La diferencia es, mira por dónde, que el conjunto del que se señala una parte no es determinado, así que no lleva determinante:
Tras los últimos recortes en sanidad, mogollón de ciudadanos se han encomendado a san Geroncio y entonan una ristra de jaculatorias, que son igual de efectivas que la homeopatía y el reiki juntos.

Pero si el conjunto es determinado, tiene que llevar determinante; una perogrullada, sí, pero voy a insistir:
◊ La mayoría de santos eremitas no lee revistas de moda.
♦ La mayoría de los santos eremitas no lee revistas de moda.
◊ El 17,23 % de toallas de playa tienen estampada una original sombrilla.
♦ El 17,23 % de las toallas de playa tienen estampada una original sombrilla.

Ya que estamos, es difícil ser más determinado que un porcentaje, así que le corresponde llevar un artículo fetén y no ese impostor un, que determina pero poco. ¿Verdad que no se habla de dos quinces por ciento ni de dos mayorías?; pues tampoco queda muy preciso escribir un quince por ciento o una mayoría.
Un 47,3 % de traductores no les ponen artículo determinado a los porcentajes. Una minoría de correctores no lo corrigen en una mayoría de ocasiones.
El 47,3 % de los traductores no les ponen/pone artículo determinado a los porcentajes. La minoría de los correctores no lo corrigen/corrige en la mayoría de las ocasiones.

Que quede claro que la mayoría de los ejemplos de este blog son fantasiosas ficciones.

 

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Verbos con recovecos

Vamos a resolver de entrada el asunto de entendernos: una perífrasis verbal es una unidad formada por dos verbos, uno de los cuales dice qué se hace y el otro cuenta cómo se hace (la clasificación de las perífrasis en función de lo que dicen, está muy bien presentada con ejemplos en la Wikilengua); por ejemplo:
Alodia viene observando que Nunilo descuida las tareas domésticas. Nunilo, que lleva fregado mucho en ese castillo, se echa a llorar y, pasado el primer sofoco, se propone sugerirle que tengan servicio, como todos los condes.

Alodia observa desde hace tiempo pero no viene de ningún sitio. Por su parte, Nunilo ha fregado muchas veces el castillo pero no carga con nada. Y no se pone una colonia que se llama a llorar, sino que da comienzo a la acción de verter lágrimas. Además, se propone sugerirle algo, tal cual: proponerse y sugerirle; como el primer verbo no hace una pirueta, no es una perífrasis. Pues ya está, vistas tres perífrasis verbales y, a poco que nos fijemos, de ellas podemos sacar tres conclusiones.

1) Hay un verbo conjugado en forma personal y otro que va en forma no personal (invariable, por tanto). Como viene siendo costumbre en español, el verbo tiene que concordar en número y persona con el sujeto. Eso si naces angloparlante te lo ahorras, pero a cambio tienes un spelling que tela.
♦ Alodia viene observando… / Yo vengo observando…
♦ Nunilo lleva fregado… / Las limpiadoras llevan fregado…
♦ Él se echa a llorar… /Nosotros nos echamos a llorar…

En [Nunilo] se propone sugerirle… también se cumple, así que podría ser una perífrasis verbal si no fuera por la segunda conclusión.

2) El verbo conjugado no significa lo que significa cuando va por su cuenta; resulta que es el verbo auxiliar.
Alodia viene observando a Nunilo. / Alodia viene de la fuente con el cántaro roto.

La primera oración dice que la buena de Alodia hace tiempo que observa a Nunilo, pero nada indica que se desplace. En cambio, en la segunda oración dice que ha ido a por agua y allí se le ha roto el cántaro; y de eso nos damos cuenta cuando se traslada desde allí hasta aquí, o sea, cuando viene.

Sin embargo en [Él] se propone sugerirle que tengan servicio el verbo proponer(se) significa exactamente ‘proponer(se)’; así que eso no es una perífrasis. Como seguro que alguien está en un sinvivir por saber qué es, lo diré ya: es una oración compuesta en la que [Él] se propone es la oración principal; por su parte, sugerirle que tengan servicio es la oración subordinada y le hace de complemento directo a la principal. (A su vez, esa subordinada también es compuesta y tiene una principal y una subordinada en función de complemento directo. Menuda tarde de diversión se puede pasar jugando a poner una subordinada dentro de otra hasta formar una frase de cinco o seis líneas; claro que si eres abogado, tienes las de ganar).

3) El segundo verbo puede estar en una de las tres formas no personales del verbo: infinitivo, participio o gerundio. Es el principal y, por cierto, entre él y el auxiliar puede haber algo aunque no tiene por qué haberlo.

¿Que para qué sirve distinguir una perífrasis verbal de una oración compuesta? Pues para saber cosas, que no está mal. ¡Ah!, y para escribir con más precisión y elegancia, porque resulta que no reconocer bien la naturaleza y la estructura de las perífrasis verbales lleva a un anacoluto y a un horrorismo.

HAY QUE CONCORDAR LOS VERBOS
Para detectar el anacoluto hay que acordarse de la conclusión 1 al componer una perífrasis en pasiva refleja, porque, como se explica en otra dosis de atutía, la pasiva refleja tiene un sujeto, paciente, pero sujeto, que tiene que concordar en número con el verbo. Como en la perífrasis el verbo que cambia de forma es el auxiliar, el peligro es no concordarlo con el sujeto.
Se sigue alquilando las caballerizas de Alodia. Ideal parejas, dicen; de caballo y yegua, claro.
Se siguen alquilando las caballerizas de Alodia. Ideal parejas, dicen; de caballo y yegua, claro.  

Si se necesita el truco, se convierte en pasiva y enseguida se detecta la falta de concordancia:
♦ Se debe analizar las causas de la escasa competitividad de Nunilo en los torneos.
♦ Debe ser analizada las causas de la escasa competitividad de Nunilo en los torneos.

Se deben analizar las causas de la escasa competitividad de Nunilo en los torneos.

LOS PRONOMBRES EN SU SITIO
El horrorismo en el que se puede caer tiene que ver con la posición de los pronombres y admite grados: desde casi-no-es-horrorismo hasta cómo-he-podido-escribir-eso. Además, hay que decir que la lengua hablada ofrece mucho más margen que un texto escrito, incluso en la interpretación de un texto ambiguo.
A mí me sigue sin gustar el pavo de Nunilo.

¿Significa eso que Nunilo me sigue y no me gusta (ni Nunilo ni que me siga)? Pues no y seguro que muchos hablantes entienden que significa algo así:
A mí sigue sin gustarme el pavo de Nunilo.

Si la perífrasis fuera de gerundio se produciría menos ambigüedad, pero el pronombre seguiría teniendo un lugar más adecuado que otro:
A mí me sigue gustando más el apuesto Elpidio que el pavo de Nunilo.
A mí sigue gustándome más el apuesto Elpidio que el pavo de Nunilo.

La primera oración no da ningún problema de comunicación y no es incorrecta; no obstante, entra en la categoría (de dudoso rigor lingüístico pero muy útil a la hora de redactar o corregir textos) de poco elegante. Y como cuesta lo mismo, mejor escribir la segunda para respetar que ahí el verbo pronominal es gustar y no seguir.

Dos perífrasis que pueden ser ambiguas según dónde se ponga el pronombre son volver a + infinitivo e ir a + infinitivo. Imaginemos que Nunilo, harto de los reproches de Alodia, le dice:
Me vuelvo a encontrar mis fantasmas.
—Pues que te vaya bien con tu vuelta a la choza: menos que fregar, pero ya te digo que vas a perder mazo de ringorrango —le contesta Alodia con gesto displicente.
—¡Qué más quisieras tú que que me fuera! Lo que digo es que Sabanito anda otra vez por aquí y cada dos por tres me lo encuentro en el pasillo —le aclara el pavo de Nunilo—. Pero no me voy a rendir.
—¿Que no te vas a dónde? ¿Han abierto otro bar y se llama Rendir?
—Que digo que esta vez insistiré hasta que confiese de qué siglo es.
—Pues a ver si dices bien las cosas: Vuelves a encontrarte tus fantasmas por los pasillos y no vas a rendirte, que ni para poner los clíticos en su sitio sirves —sentencia Alodia, que está hasta el colodrillo de la sintaxis de Nunilo.

Lo mismo ocurre con la partícula se cuando se construye la perífrasis en forma impersonal.
Llegará a celebrarse una fiesta de bienvenida para Sabanito y empezará a construirse una gran bola de discoteca que el pobre arrastra desde hace varios siglos a ver si así se le acaba cambiando el carácter.
Se llegará a celebrar una fiesta de bienvenida para Sabanito y se empezará a construir una gran bola de discoteca que el pobre arrastra desde hace varios siglos a ver si así acaba cambiándosele el carácter.

Las dos primeras suenan bastante mal con el se fuera de su sitio; en cambio, cuesta decirla con él en su sitio. Cuesta porque van sumándose clíticos al verbo y se hace largo, sobre todo hablando; por eso en el texto oral resulta bastante natural colocar los pronombres o la partícula de impersonalidad allí donde produzcan palabras más cortas (más fáciles de pronunciar). Y es que no se puede partir (mejor que no puede partirse) de una visión monolítica de la cuestión.
Me lo tengo que pensar si voy a la fiesta de Sabanito o no porque lo llevo esperando toda la eternidad. Resulta que soy su prima y se lo tengo que decir. Se lo iba a contar ayer pero estaba por allí Sisebuto y me lo puse a considerar como confidente. No le puedo hablar como si me entendiera: «Sisebuto, esto; Sisebuto, lo otro» y él venga a ladrar, que no puede aguantarse ya tanta incomprensión.
Tengo que pensármelo, si voy a la fiesta de Sabanito o no, porque llevo esperándolo toda la eternidad. Resulta que soy su prima y tengo que decírselo. Iba a contárselo ayer pero estaba por allí Sisebuto y me puse a considerarlo como confidente. No puedo hablarle como si me entendiera: «Sisebuto, esto; Sisebuto, lo otro» y él venga a ladrar, que no se puede aguantar ya tanta incomprensión.

No es que los clíticos y el se vayan atornillados pero, si los hay que poner hay que ponerlos por escrito, mejor pensar dónde quedan más elegantes y sin ambigüedades.

Impersonales (pero con carácter)

Una oración impersonal no es la que no tiene carácter y resulta aséptica. Es una frase que no tiene sujeto. Y ahí está el primer problema: hay oraciones que no tienen sujeto y no tienen sujeto, lo busques donde lo busques, no tienen; son impersonales sintácticas y semánticas. Sin embargo, hay otras que no tienen, pero a poco esfuerzo que hagas te lo imaginas; su impersonalidad es solo sintáctica. No encontrarás las siguientes categorías de oraciones impersonales en ningún libro serio, pero a mí me parece que ayudan a entender esto de la impersonalidad.

Impersonales atmosféricas
♦ Amanece (que no es poco) en Brazzaville y llueve a cántaros.
♦ Cada vez nieva menos en El Villarejo de los Olmos. Sin embargo, no hay año que no granice unas cuantas veces.

Que nooo, que no tienen sujeto. Vale, a veces llueven las críticas y algunas personas amanecen de mal humor; las críticas y algunas personas son el sujeto de su oración, pero resulta que son usos metafóricos de los verbos llover y amanecer.

Es lo que hay
Hay otras oraciones que parece que tienen sujeto… pero tampoco; lo que tienen es objeto directo. Son las que se forman con el verbo haber y tienen su dosis de atutía.
Había una vez muchos circos que alegraban el corazón.

Es muy curioso que al sustituir el verbo haber por existir, u otros que indican existencia o presencia, la oración deja de ser impersonal y lo que hay se convierte en sujeto.
Existieron una vez muchos circos que alegraban el corazón.

Con cierto sujeto incierto
Hay algunas estrategias sintácticas que más que impersonalidad expresan apersonalidad (ojo, que eso no es un concepto gramatical).
♦ Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia.
♦ Después el tiempo pasa y te olvidas de aquel barquito de papel.
♦ Vamos subiendo la cuesta que arriba mi calle se vistió de fiesta.

Ni el uno ni el que se olvida ni los que suben la cuesta son sujetos identificados. Esas tres oraciones tienen un sujeto sintáctico claro, pero son impersonales semánticas, porque el sujeto es cualquiera y somos casi todos. Como bien detectó Serrat, la impersonalidad semántica puede expresarse con la segunda persona del singular, con la primera del plural o con el pronombre uno, –a (solo en singular).

El pronombre uno puede estar implícito, como en las oraciones que empiezan con un hay que. En esas es muy fácil cometer un error de concordancia, así que atención porque hay que estar a setas o a Rolex (hay quien no conoce el chiste); o sea, o se mantiene todo en la impersonalidad semántica de la tercera persona del singular o se pasa a identificar un sujeto.
Hay que ponernos el gorro de lana porque hace un frío que pela.
♦ Hay que ponerse el gorro de lana porque hace un frío que pela.
♦ Tenemos que ponernos el gorro de lana porque hace un frío que pela.

Conjugaciones capadas
Los verbos ser, estar, bastar, sobrar, parecer y tratarse usados en tercera persona del singular actúan de encubridores del actor y dan oraciones impersonales. Una manera como otra cualquiera de no mojarse.
Es pronto para conocer la evolución del sector, pero parece que habrá gintónic de lentejas; basta con que digan que es cool para que triunfe. Es invierno y está cerrado pero se trata del local de moda este año; sobra con que sea viernes para verlo.

Y con algunos usos de ser, estar, hacer e ir. Ninguna de las formas destacadas tiene sujeto, ni semántico ni sintáctico.
Era ya de día y hacía un frío de mil demonios. Hace años de eso. Es pronto para saber si estará nublado durante todo el siglo. Así nos va: para un decenio va ya que no sabemos qué hacer con el abrigo.

Con decir, poner y constar; también con doler, picar, escocer, molestar, zumbar (los que indican afecciones más o menos físicas).
En el cartel decía que de allí no se podía pasar. Recuerdo que mientras lo leía me picaba en la mano y me dolía en el pie.

También se expresa cierta impersonalidad con el gerundio y el infinitivo.
Poniéndose la caracola en la oreja se oye el mar, pero es preciso estar callado.

Por su parte, la tercera persona del plural es de lo más útil cuando no se tiene ni idea de quién es el sujeto. Suena el teléfono; quien responde te dice: preguntan por ti. Debe de ser una sola persona la que pregunta por ti, pero como quien ha contestado no sabe quién es, usa una genérica y ambigua tercera persona del plural; incluso puede que sepa quién es pero hace como que no. Ahora bien, de impersonal no tiene nada, al otro lado del teléfono hay alguien que ha preguntado por ti, es de las pocas cosas seguras en esa situación; por eso se dice que es sintácticamente impersonal, pero no lo es semánticamente. Es un tipo de construcción impersonal que se usa mucho y que no da lugar a ningún error.
Me dan el resultado mañana. Si llaman a la puerta y traen una carta cógela que es el aviso. Por teléfono me han avisado de que me hacen el análisis la semana que viene y si está todo bien, me operan dos días después.

La partícula que sirve para un roto y para un descosido
Una forma de impersonalidad sintáctica muy útil para no identificar un sujeto preciso es la de las oraciones impersonales con se.
Se dice que el cartero siempre llama dos veces, por lo menos, ya que nunca contesta nadie al interfono.
Alguien dice que el cartero llama dos veces, pero quien enuncia esa frase no quiere identificar a ese alguien, por el contrario, lo encubre en el se.

Así que, según la importancia que se dé a recuperar el sujeto, se usará una oración impersonal u otras formas sintácticas. En la frase anterior a esta (desde así que hasta el punto y seguido) no he escrito quién tiene que dar más o menos importancia ni quién elige la forma sintáctica. Lo harán un redactor, un hablante, un periodista, un escritor, un publicista o, incluso, Perico el de los palotes, solo que, para simplificar la explicación (y la frase), yo no he identificado el sujeto de las acciones.

En este tipo de oraciones hay un sujeto que hace lo que quiera que se enuncie y la construcción impersonal es, precisamente, una forma de no señalarlo ni especificarlo; de hecho, son estructuras muy usuales para describir situaciones generales. Así, todo lo que se dice en el ejemplo siguiente se podría contar en primera persona, pero quedaría demasiado restringido; o en segunda, pero entonces no se sabría si es la experiencia particular de alguien o si es una descripción general; el socorrido se impersonal permite afirmar en general sin precisar mucho el alcance del enunciado.
Se come bien aquí y se circula con tranquilidad, ya que no se anda con prisas. No se compra barato pero se duerme bien por la noche porque no hace mucho calor.

Lo malo de las impersonales construidas con se es que son estructuras sintácticas de riesgo, ya que se pueden confundir con pasivas reflejas y eso lleva a errores y horrores gramaticales.
Se ha contratado a tres presidentes de Gobierno nuevos, a ver si alguno da buen resultado. >> impersonal.
Se han contratado tres presidentes de Gobierno nuevos, a ver si alguno da buen resultado. >> pasiva refleja.

El caso es que en ninguna de las dos anteriores se conoce el agente, aunque tiene que haberlo porque los contratos no se firman solos, así que semánticamente la impersonalidad es escasa, pero ese se encubre el sujeto.

En cuanto a la sintaxis la diferencia entre ambas es muy sutil. La que lleva la preposición a no tolera bien el verbo en plural (no se puede convertir en han sido contratados a tres presidentes nuevos). Ese detalle es el que importa para hablar y escribir bien: hay que elegir entre preposición o verbo concordado en singular/plural; claro que la concordancia del verbo desaparece si solo se contrata un presidente (o se contrata a un presidente).

Aviso: ahora viene una explicación gramatical; quien quiera puede saltar al párrafo siguiente. Para que sea más fácil recordar cuándo concuerda el verbo, conviene entender por qué lo hace. En la segunda oración, a tres presidentes nuevos no es el sujeto de la oración, sino el complemento directo, y el verbo debe concordar con el sujeto pero no con los complementos. Sin embargo, cuando no está la preposición, tres presidentes nuevos es el sujeto de la oración, paciente, pero sujeto, como en cualquier oración pasiva (no hay problema en convertirla en Han sido contratados tres presidentes nuevos).

Por tanto, la duda y el error se produce si el verbo es transitivo.
Se critican a los poliplacóforos, pobreticos, pero no se observan a los balánidos, que ocupan toda la roca.
Se critican los poliplacóforos, pobreticos, pero no se observan los balánidos, que ocupan toda la roca.
Se critica a los poliplacóforos, pobreticos, pero no se observa a los balánidos, que ocupan toda la roca.

La primera frase es incorrecta, la última es correcta y la del medio es rara porque se puede entender que los poliplacóforos se critican y que los balánidos se miran unos a otros fijamente. Y todo el mundo sabe que los poliplacóforos son poco de criticar y que los balánidos ven mal.

Es pasiva refleja, no impersonal

Se puede decir que las pasivas reflejas son oraciones pasivas elegantes. Como definición gramatical no es muy ortodoxa, pero ayuda a entender que se prefieran a las pasivas de verdad. Por ejemplo:
Se esperaban novedades importantes sobre los villancicos y todo apuntaba a que se iban a prohibir. Eso se decía en los círculos próximos al poder. Desde que se habían trasladado habitantes de Saturno se padecía menos la contaminación acústica. Ellos, con su oído limpio y claro, todavía no sojuzgado por la internacional centrocomercialera, pensaban que así se revertirían los casos diagnosticados de navidaditis y se volvería a imponer el buen gusto musical en la muy decadente y embrutecida sociedad terrícola.

Haz la prueba: todas las oraciones del texto anterior se pueden transformar (pueden ser transformadas) en oraciones pasivas; tal que así:
Eran esperadas novedades importantes sobre los villancicos y todo apuntaba a que iban a ser prohibidos. Eso era dicho en los círculos próximos al poder. Desde que habían sido trasladados habitantes de Saturno la contaminación acústica era menos padecida. Ellos, con su oído limpio y claro, que todavía no había sido sojuzgado por la internacional centrocomercialera, pensaban que así serían revertidos los casos diagnosticados de navidaditis y volvería a ser impuesto el buen gusto musical en la decadente y embrutecida sociedad terrícola.

Está claro por qué se prefiere la pasiva refleja y no son preferidas las pasivas, ¿no?

La construcción de la pasiva refleja es muy sencilla; basta prestar atención a las características siguientes:

  • Siempre aparece la partícula se precediendo al verbo.
  • El verbo es transitivo y se conjuga en tercera persona.
  • Sujeto y verbo concuerdan en número. Eso es muy importante porque diferencia las oraciones pasivas reflejas de las impersonales (la siguiente dosis de atutía irá destinada a calmar la impersonalidad; la gramatical, claro).
  • El sujeto es sujeto paciente y suele ir detrás del verbo (también habrá una dosis de atutía dedicada al orden de los elementos en la oración).
  • Nunca aparece el sujeto agente, pero se puede recuperar o, al menos, imaginar.

Uno de los peligros sintácticos que acechan es querer que quede claro el sujeto agente; en ese caso no hay más que construir una oración activa corriente y moliente:
Ahora se bailan los villancicos en las fiestas por los jípsters del pueblo.
Ahora los jípsters del pueblo bailan los villancicos en sus fiestas.

Así que la pasiva refleja tiene una sintaxis de bajo riesgo. Bajo, sí, pero cuando caes te estozolas:
Se vende los dos discos de villancicos que poníamos todo el rato en el centro comercial otros años. Se regala seis zambombas bien afinadas.
Se venden los dos discos de villancicos que poníamos todo el rato en el centro comercial otros años. Se regalan seis zambombas bien afinadas.

Resulta que los dos discos de villancicos y seis zambombas son sujetos pacientes, pero sujetos al fin y al cabo, por lo que tienen que concordar en número con el verbo. Si los villancicos y las zambombas te producen sarpullidos con solo imaginarlos, recuerda un modelo muy sencillo: se alquilan pisos.

Fácil, sí, claro…, hasta que aparece una perífrasis verbal y ríete tú de la duda metódica: ¿se seguirá poniendo el belén cuando lleguen los saturninos?
En el almacén de los magos se está preparando como presentes fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas.
En el almacén de los magos se están preparando como presentes fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas.

Lo primero es localizar el sujeto. No hay muchos candidatos; tiene que ser fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas, y eso son tres cosas, así que se necesita un verbo en plural; como preparando es gerundio, hay que poner ese están, así, conjugado en plural. Si el segundo verbo es un infinitivo, ocurre lo mismo:
Se veía venir que se iba a alquilar los anillos para ver la cabalgata desde la distancia.
Se veía venir que se iban a alquilar los anillos para ver la cabalgata desde la distancia.
El sujeto es plural —los anillos—, por lo que hay que poner en plural el único verbo en forma personal que hay en la oración —iban—.

Entonces por qué, si está tan claro, es común errar usando el verbo en singular: Pues porque en los ejemplos hay una perífrasis verbal, estructura que se confunde a menudo con la oración impersonal. La manera de comprobar si se trata de una perífrasis y, por tanto, el verbo debe concordar en número con el sujeto es poner la oración en pasiva. ¿A que a nadie se le ocurre decir se veía venir que los anillos iba a ser alquilados? No hay duda de que se veía venir que los anillos iban a ser alquilados.

Eso con una impersonal no se puede hacer, pero eso es otra dosis de atutía.

Esto es lo que es (relativos -1-)

Un pronombre relativo es una palabra que representa a un nombre que ya ha aparecido en el texto (o se entiende que lo ha hecho) y que, además, introduce una oración subordinada.
Esa licuadora, que hace un año que no usas, es un armatoste.

O sea, que un pronombre relativo es una anáfora. Lo que ya se ha dicho (esa licuadora) es el antecedente y forma la oración principal (Esa licuadora es un armatoste). El representante de la licuadora, el pronombre relativo (que), inicia la oración subordinada y conviene que no esté muy lejos de su representado para que no se pierda en el proceloso mar del texto.
El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos es la linterna de Aristóteles, aquel filósofo amigo de Platón, el cual, a su vez, seguía a Sócrates, que al final se enfadó con él, y que también fue maestro de Alejandro, el Magno, no el que va al gimnasio con tu cuñado, el del concesionario de coches de lujo, que tiene cinco dientes de crecimiento continuo.

Vete a saber quién tiene cinco dientes de crecimiento continuo, cuándo vendió Alejandro Magno el concesionario de coches de segunda mano, con quién se enfadó Sócrates y si Platón iba al gimnasio; y todo porque un pronombre relativo (el que en negrita) está a varios renglones de distancia de su antecedente (El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos).

Pronombres relativos hay los que hay y ninguno más: que (que puede ir precedido del artículo: el, la, lo, los, las), quien (y su plural, quienes), cuyo (y cuya, cuyos, cuyas), el cual (este y sus variantes van siempre con artículo: la cual, lo cual, los cuales, las cuales). Por supuesto, los que tienen flexión de género y de número tienen que concordar con el antecedente; y eso da precisión.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, los cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, las cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, la cual a ti no te gustaba, quedan muy bien en la salita.

La primera oración no es correcta. Las otras dos sí lo son, pero no dicen lo mismo. En la primera al interlocutor no le gustan ni la butaca ni la estantería, mientras que en la segunda no sabemos qué le parece la estantería, solo nos dice que la butaca amarilla no es de su gusto.

Ya que estamos, antes de tener que fundar la Asociación contra la Extinción de Cuyo, mira qué útil resulta ese pronombre relativo:
Ese geranio que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio del que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio cuyas hojas están amarilleando parece que va a morir.

En una frase de relativo (que es la que tiene un pronombre relativo) no siempre es necesario que el antecedente aparezca explícito ya que el cerebro va trabajando por su cuenta.
—Quería pedirte disculpas por lo que te dije el otro día.
—Bueno, es que la que te lie fue buena.
Los dos hablantes saben a qué se refieren, así que los pronombres relativos de esas frases tienen antecedente implícito.

Pero los antecedentes implícitos imponen algunas condiciones.
El cual venga detrás que arree. Y cuya vela aguanta es un palo fuerte.
El que venga detrás que arree / Quien venga detrás que arree. Y el que su vela aguanta es un palo fuerte.
Conclusión: el cual y cuyo (y los derivados de ambos) deben llevar siempre el antecedente explícito; pero que y quien, no lo necesitan. 

ADVERBIOS Y ADJETIVOS RELATIVOS

Hay un adjetivo y unos cuantos adverbios que pueden desempeñar la función de pronombre relativo, es decir, representar a algo que ya ha salido para no andar repitiendo, que queda muy feo y aburrido. Son cuanto (cuanta, cuantos, cuantas), donde (adonde, a donde), cuando y como.
La playa donde encontraste la holoturia está llena de sombrillas.
El erizo localiza las algas y devora cuantas encuentra a su paso.
Cuando sale la ofiura de caza, la estrella ya se lo ha zampado todo.
Me fascina la manera como se desplazan los equinodermos. 

De estos hay uno que da lugar a un sinfín de anacolutos. Ahí lo dejo, por si no tenéis nada en lo que pensar hasta que llegue la próxima dosis de atutía, que también servirá para tratar un error muy común al que da lugar el cual (y derivados). Y la misma dosis actuará de tratamiento preventivo del efecto de combinar un relativo con una coma.

Había una vez un verbo haber

No tengo nada en contra de que cambien las normas ortográficas, el significado de las palabras y las reglas gramaticales. Es más, me parece una suerte que las lenguas se transformen radicalmente; incluso que unas mueran y otras nazcan; no me quiero imaginar cómo serían las cosas si el Imperio romano hubiera tenido un Ministerius Politicae Lingüisticae.

Así que no opondré ninguna resistencia ni me quejaré si quien tenga autoridad para ello decide que el verbo haber deja de ser impersonal y se concuerda en número con lo que, llegado ese caso, sería su sujeto. Entonces, leeremos algo así:
mesangranlosojos2Han ocho planetas en el sistema solar. Habían nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que puedan haber doce. Habrán astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya han habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los hayan es signo de su majadería.
La palabra astrólogos es correcta y está bien escrita; la he puesto en rojo porque lo del horóscopo… tela, ¿no?

¡Ah!, ¿que no cambiamos (de momento) la sintaxis de las oraciones impersonales? Pues entonces vamos a ver si recordamos que haber se conjuga siempre en singular. (Otras oraciones impersonales tendrán su propia dosis de atutía). Lo repetiré en voz alta: Con el significado de existir, el verbo HABER se conjuga SIEMPRE en SINGULAR. Nadie lo usa mal en presente; nadie dice han ocho planetas; en cambio, es muy frecuente caer en el plural en los otros tiempos y modos verbales.

Lo mejor del caso es que es más simple la norma que el error porque solo son siete formas: hay, hubo, había, habrá, habría, haya, hubiera/hubiese (sí, claro, más los compuestos); y quien se empeñe en conjugarlo en plural tiene que manejar catorce.
Hay ocho planetas en el sistema solar. Había nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que pueda haber doce. Habrá astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya ha habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los haya es signo de su majadería.

Ya sabéis, si me queréis, conjugad bien el verbo haber y lanzadles un conjuro a quienes no lo hagan, que los hay (¿a que no funciona que los han?) como garrapatas en la chepa de un camello.

Ya que estamos con el verbo haber, una de esas frases hechas que el uso transforma:
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que vérselas conmigo.

¿Qué es lo que verá? ¿Las mitocondrias? ¿Las uñas de los pies? Pues nada, porque la expresión es habérselas con alguien. Que sííí, que es habérselas, no vérselas. No se lo cree nadie cuando lo digo, como si fuera más lógico y lleno de sentido vérselas que habérselas. Como habrán habrá incrédulos, aquí lo dice el DLE[1].
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que habérselas conmigo.

¿Que a qué alude ese –las? Quizá a las armas, o a las uñas, pero casi seguro que no a las mitocondrias, porque si bien cuando esa expresión estaba a la orden del día ya habían había células, no parece probable que se invocaran para amedrentar a un adversario.


[1] No obstante, como la forma vérselas con es tan frecuente, la recogen el Diccionario de uso del Español (María Moliner) y el Diccionario del español actual (Manuel Seco, Gabino Ramos y Olimpia Andrés), como me ha advertido la gran correctora Nuria Ochoa.

Abuso de a nivel dehasta

En un texto no todo lo que es correcto es elegante. ¡Ea, ya lo he dicho!

A(L) NIVEL DE

La locución a/al nivel de es correcta cuando expresa noción de altura, real o metafórica.
Al nivel de la calle instalaron bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron a nivel de concejales.

Todo en el párrafo anterior es correcto, pero la redacción es un horrorismo; solo le falta algún lo que viene siendo/lo que es. Tal que así: Al nivel de la calle instalaron lo que vienen siendo bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron a nivel de todo lo que son concejales.

Habrá quien opine que en esa frase no hay que corregir nada porque todo se ajusta a la norma e, incluso, a usos y costumbres, pero yo creo que se produce una erupción volcánica cada vez que alguien escribe a nivel de. Lo bueno es que con una preposición corriente y el artículo la frase queda elegante y comprensible.
En la calle instalaron bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron los concejales. 

Y si se repite la tentación de poner un a nivel de, hay unas cuantas soluciones.
A nivel estatal se está implementando una intervención a nivel de centros sanitarios que dispensan atención a nivel quirúrgico. A nivel de prestaciones, los cambios van a ser para peor; pero es que no hay cambio a nivel de las nuevas políticas que haya sido para mejor.

En ese engendro hay alternativas elegantes para todos los a nivel de; por ejemplo:
A nivel estatal >> En (todo) el Estado / En (todo) el país
a nivel de centros >> en los centros / en el ámbito de los centros
atención a nivel quirúrgico >> atención Ø quirúrgica
A nivel de prestaciones >> Con respecto a las prestaciones
a nivel de las nuevas políticas >> entre las nuevas políticas

Y la frase quedaría feúcha pero no horrorosa; tal que así:
En todo el Estado se está implementando aplicando una intervención en los centros sanitarios que dispensan atención Ø quirúrgica. Con respecto a las prestaciones, los cambios van a ser para peor; pero es que no hay cambio entre las nuevas políticas que haya sido para mejor.

 

HASTA

Otro vicio que delata a un redactor pretencioso o a un traductor demasiado pegado al original es el uso de la preposición hasta introduciendo, sin que sea necesario, algún complemento en la oración.
Rodolfo perdió hasta veinte kilos de peso gracias a que se pasaba hasta una semana entera sin comer. Se quedó hecho un figurín y a cada paso amagaba un saltito y daba hasta dos vueltas de campana. Con su nueva vocación de saltimbanqui consiguió recorrer los teatros de hasta treinta y siete países.

A ver, o perdió veinte kilos o perdió otra cantidad. ¿Y vueltas de campana? Daría ninguna, una o dos; o tres si entrenaba mucho. ¿Y los países visitados? Serían doce u ocho; o los treinta y siete proclamados. La frase quedaría menos cargante así:
Rodolfo perdió veinte kilos de peso gracias a que se pasaba hasta una semana entera sin comer. Se quedó hecho un figurín y en cuanto amagaba un saltito daba dos vueltas de campana. Con su nueva vocación de saltimbanqui consiguió recorrer los teatros de treinta y siete países.

En hasta una semana la preposición tiene sentido, ya que indica que pasaba varios días sin comer y el periodo máximo era una semana, pero en ninguna de las otras tres ocasiones es necesaria ni aporta nada. La melonada está extendiéndose por dos vías: una es el (mal) periodismo que en vez de contrastar la información tira de imprecisiones para no pillarse los dedos (un abrazo, respetados periodistas); la segunda es traducir (mal) calcando la expresión up to (un beso, admirados traductores).

No parece que nadie vaya a recibir una descarga eléctrica cada vez que use un a nivel de o un hasta de más, pero por si los dípteros, ¿un repasito a los textos?