Esto es lo que es (relativos -1-)

Un pronombre relativo es una palabra que representa a un nombre que ya ha aparecido en el texto (o se entiende que lo ha hecho) y que, además, introduce una oración subordinada.
Esa licuadora, que hace un año que no usas, es un armatoste.

O sea, que un pronombre relativo es una anáfora. Lo que ya se ha dicho (esa licuadora) es el antecedente y forma la oración principal (Esa licuadora es un armatoste). El representante de la licuadora, el pronombre relativo (que), inicia la oración subordinada y conviene que no esté muy lejos de su representado para que no se pierda en el proceloso mar del texto.
El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos es la linterna de Aristóteles, aquel filósofo amigo de Platón, el cual, a su vez, seguía a Sócrates, que al final se enfadó con él, y que también fue maestro de Alejandro, el Magno, no el que va al gimnasio con tu cuñado, el del concesionario de coches de lujo, que tiene cinco dientes de crecimiento continuo.

Vete a saber quién tiene cinco dientes de crecimiento continuo, cuándo vendió Alejandro Magno el concesionario de coches de segunda mano, con quién se enfadó Sócrates y si Platón iba al gimnasio; y todo porque un pronombre relativo (el que en negrita) está a varios renglones de distancia de su antecedente (El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos).

Pronombres relativos hay los que hay y ninguno más: que (que puede ir precedido del artículo: el, la, lo, los, las), quien (y su plural, quienes), cuyo (y cuya, cuyos, cuyas), el cual (este y sus variantes van siempre con artículo: la cual, lo cual, los cuales, las cuales). Por supuesto, los que tienen flexión de género y de número tienen que concordar con el antecedente; y eso da precisión.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, los cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, las cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, la cual a ti no te gustaba, quedan muy bien en la salita.

La primera oración no es correcta. Las otras dos sí lo son, pero no dicen lo mismo. En la primera al interlocutor no le gustan ni la butaca ni la estantería, mientras que en la segunda no sabemos qué le parece la estantería, solo nos dice que la butaca amarilla no es de su gusto.

Ya que estamos, antes de tener que fundar la Asociación contra la Extinción de Cuyo, mira qué útil resulta ese pronombre relativo:
Ese geranio que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio del que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio cuyas hojas están amarilleando parece que va a morir.

En una frase de relativo (que es la que tiene un pronombre relativo) no siempre es necesario que el antecedente aparezca explícito ya que el cerebro va trabajando por su cuenta.
—Quería pedirte disculpas por lo que te dije el otro día.
—Bueno, es que la que te lie fue buena.
Los dos hablantes saben a qué se refieren, así que los pronombres relativos de esas frases tienen antecedente implícito.

Pero los antecedentes implícitos imponen algunas condiciones.
El cual venga detrás que arree. Y cuya vela aguanta es un palo fuerte.
El que venga detrás que arree / Quien venga detrás que arree. Y el que su vela aguanta es un palo fuerte.
Conclusión: el cual y cuyo (y los derivados de ambos) deben llevar siempre el antecedente explícito; pero que y quien, no lo necesitan. 

ADVERBIOS Y ADJETIVOS RELATIVOS

Hay un adjetivo y unos cuantos adverbios que pueden desempeñar la función de pronombre relativo, es decir, representar a algo que ya ha salido para no andar repitiendo, que queda muy feo y aburrido. Son cuanto (cuanta, cuantos, cuantas), donde (adonde, a donde), cuando y como.
La playa donde encontraste la holoturia está llena de sombrillas.
El erizo localiza las algas y devora cuantas encuentra a su paso.
Cuando sale la ofiura de caza, la estrella ya se lo ha zampado todo.
Me fascina la manera como se desplazan los equinodermos. 

De estos hay uno que da lugar a un sinfín de anacolutos. Ahí lo dejo, por si no tenéis nada en lo que pensar hasta que llegue la próxima dosis de atutía, que también servirá para tratar un error muy común al que da lugar el cual (y derivados). Y la misma dosis actuará de tratamiento preventivo del efecto de combinar un relativo con una coma.

Había una vez un verbo haber

No tengo nada en contra de que cambien las normas ortográficas, el significado de las palabras y las reglas gramaticales. Es más, me parece una suerte que las lenguas se transformen radicalmente; incluso que unas mueran y otras nazcan; no me quiero imaginar cómo serían las cosas si el Imperio romano hubiera tenido un Ministerius Politicae Lingüisticae.

Así que no opondré ninguna resistencia ni me quejaré si quien tenga autoridad para ello decide que el verbo haber deja de ser impersonal y se concuerda en número con lo que, llegado ese caso, sería su sujeto. Entonces, leeremos algo así:
mesangranlosojos2Han ocho planetas en el sistema solar. Habían nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que puedan haber doce. Habrán astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya han habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los hayan es signo de su majadería.
La palabra astrólogos es correcta y está bien escrita; la he puesto en rojo porque lo del horóscopo… tela, ¿no?

¡Ah!, ¿que no cambiamos (de momento) la sintaxis de las oraciones impersonales? Pues entonces vamos a ver si recordamos que haber se conjuga siempre en singular. (Otras oraciones impersonales tendrán su propia dosis de atutía). Lo repetiré en voz alta: Con el significado de existir, el verbo HABER se conjuga SIEMPRE en SINGULAR. Nadie lo usa mal en presente; nadie dice han ocho planetas; en cambio, es muy frecuente caer en el plural en los otros tiempos y modos verbales.

Lo mejor del caso es que es más simple la norma que el error porque solo son siete formas: hay, hubo, había, habrá, habría, haya, hubiera/hubiese (sí, claro, más los compuestos); y quien se empeñe en conjugarlo en plural tiene que manejar catorce.
Hay ocho planetas en el sistema solar. Había nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que pueda haber doce. Habrá astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya ha habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los haya es signo de su majadería.

Ya sabéis, si me queréis, conjugad bien el verbo haber y lanzadles un conjuro a quienes no lo hagan, que los hay (¿a que no funciona que los han?) como garrapatas en la chepa de un camello.

Ya que estamos con el verbo haber, una de esas frases hechas que el uso transforma:
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que vérselas conmigo.

¿Qué es lo que verá? ¿Las mitocondrias? ¿Las uñas de los pies? Pues nada, porque la expresión es habérselas con alguien. Que sííí, que es habérselas, no vérselas. No se lo cree nadie cuando lo digo, como si fuera más lógico y lleno de sentido vérselas que habérselas. Como habrán habrá incrédulos, aquí lo dice el DLE[1].
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que habérselas conmigo.

¿Que a qué alude ese –las? Quizá a las armas, o a las uñas, pero casi seguro que no a las mitocondrias, porque si bien cuando esa expresión estaba a la orden del día ya habían había células, no parece probable que se invocaran para amedrentar a un adversario.


[1] No obstante, como la forma vérselas con es tan frecuente, la recogen el Diccionario de uso del Español (María Moliner) y el Diccionario del español actual (Manuel Seco, Gabino Ramos y Olimpia Andrés), como me ha advertido la gran correctora Nuria Ochoa.

Abuso de a nivel dehasta

En un texto no todo lo que es correcto es elegante. ¡Ea, ya lo he dicho!

A(L) NIVEL DE

La locución a/al nivel de es correcta cuando expresa noción de altura, real o metafórica.
Al nivel de la calle instalaron bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron a nivel de concejales.

Todo en el párrafo anterior es correcto, pero la redacción es un horrorismo; solo le falta algún lo que viene siendo/lo que es. Tal que así: Al nivel de la calle instalaron lo que vienen siendo bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron a nivel de todo lo que son concejales.

Habrá quien opine que en esa frase no hay que corregir nada porque todo se ajusta a la norma e, incluso, a usos y costumbres, pero yo creo que se produce una erupción volcánica cada vez que alguien escribe a nivel de. Lo bueno es que con una preposición corriente y el artículo la frase queda elegante y comprensible.
En la calle instalaron bolardos para que la gente no deje el coche tirado donde primero le pilla. Lo decidieron los concejales. 

Y si se repite la tentación de poner un a nivel de, hay unas cuantas soluciones.
A nivel estatal se está implementando una intervención a nivel de centros sanitarios que dispensan atención a nivel quirúrgico. A nivel de prestaciones, los cambios van a ser para peor; pero es que no hay cambio a nivel de las nuevas políticas que haya sido para mejor.

En ese engendro hay alternativas elegantes para todos los a nivel de; por ejemplo:
A nivel estatal >> En (todo) el Estado / En (todo) el país
a nivel de centros >> en los centros / en el ámbito de los centros
atención a nivel quirúrgico >> atención Ø quirúrgica
A nivel de prestaciones >> Con respecto a las prestaciones
a nivel de las nuevas políticas >> entre las nuevas políticas

Y la frase quedaría feúcha pero no horrorosa; tal que así:
En todo el Estado se está implementando aplicando una intervención en los centros sanitarios que dispensan atención Ø quirúrgica. Con respecto a las prestaciones, los cambios van a ser para peor; pero es que no hay cambio entre las nuevas políticas que haya sido para mejor.

HASTA

Otro vicio que delata a un redactor pretencioso o a un traductor demasiado pegado al original es el uso de la preposición hasta introduciendo, sin que sea necesario, algún complemento en la oración.
Rodolfo perdió hasta veinte kilos de peso gracias a que se pasaba hasta una semana entera sin comer. Se quedó hecho un figurín y a cada paso amagaba un saltito y daba hasta dos vueltas de campana. Con su nueva vocación de saltimbanqui consiguió recorrer los teatros de hasta treinta y siete países.

A ver, o perdió veinte kilos o perdió otra cantidad. ¿Y vueltas de campana? Daría ninguna, una o dos; o tres si entrenaba mucho. ¿Y los países visitados? Serían doce u ocho; o los treinta y siete proclamados. La frase quedaría menos cargante así:
Rodolfo perdió veinte kilos de peso gracias a que se pasaba hasta una semana entera sin comer. Se quedó hecho un figurín y en cuanto amagaba un saltito daba dos vueltas de campana. Con su nueva vocación de saltimbanqui consiguió recorrer los teatros de treinta y siete países.

En hasta una semana la preposición tiene sentido, ya que indica que pasaba varios días sin comer y el periodo máximo era una semana, pero en ninguna de las otras tres ocasiones es necesaria ni aporta nada. La melonada está extendiéndose por dos vías: una es el (mal) periodismo que en vez de contrastar la información tira de imprecisiones para no pillarse los dedos (un abrazo, respetados periodistas); la segunda es traducir (mal) calcando la expresión up to (un beso, admirados traductores).

No parece que nadie vaya a recibir una descarga eléctrica cada vez que use un a nivel de o un hasta de más, pero por si los dípteros, ¿un repasito a los textos?

Pleonasmos y otras sobrancias

Un pleonasmo puede ser útil y darle expresividad al texto. Así, cuando una madre grita por el balcón «¡sube p’arribaaa!», su pleonasmo dice muchas cosas; por ejemplo, que antes ha habido un «sube a cenar», un «vengaaa, sube ya», un «¡que subas te he dicho!», y un «que no tenga que volver a salir al balcón». En ese sube p’arriba, hay un verbo en imperativo y un complemento circunstancial de madre; por eso la redundancia del arriba, con su preposición contraída, ni reitera ni sobrecarga el sube, sino que le da expresividad y añade matices. (Digresión: ¿por qué son correctas las contracciones al y del pero no lo es pal e, incluso, la transformación de para en el prefijo pa o p-?).

Hay más expresiones de ese tipo (salir afuera/fuera, entrar dentro/adentro, bajar abajo); todas ellas, en el texto y el contexto adecuado, hacen que el pleonasmo no dé calambre. De hecho, los textos, escritos y hablados, están llenos de pleonasmos (de alguna manera, el sujeto y su verbo casi siempre son redundantes).
Observé por mí misma como al besugo le preocupaba la llegada de la Navidad. 

Si digo que lo observé no hace falta que especifique que lo hice por mí misma (ni que lo vi con mis propios ojos ni que lo oí con mis propios oídos), pero la repetición enfatiza y se adelanta a posibles objeciones, ya que hago hincapié en que no me lo han contado). No es necesaria esa repetición, pero tampoco estorba; al contrario.

En cuanto a el besugo, es un complemento indirecto (CI) claro y preciso, y, aun así, se repite en el pronombre le. En este caso no solo la sintaxis es correcta, sino que es obligado el doble CI. En bastantes casos hay que duplicar un complemento con un pronombre y en muchos, si bien no es obligatorio, sí resulta más natural que no hacerlo; pero eso será otra dosis de atutía (el de la última frase tampoco es necesario, pero quiero que esté).

Por otra parte, hay pleonasmos propios del habla de una zona o de un estilo narrativo.
En el mes de diciembre del año 1954 el besugo ya se imaginaba que su final podía tomar varias formas diferentes; era un día martes.

Lo malo es que hay pleonasmos que aportan poca expresividad y alargan el texto.
Los iones interaccionaron entre sí, sin experiencia previa. Todos quedaron completamente exhaustos, ya que no habían tenido tiempo suficiente para el precalentamiento y estaban incluidos dentro de la reacción química.

Si se quita todo lo que no está en verde, la frase anterior no pierde claridad y gana en facilidad de lectura; esto último ha sido una opinión, sí. Por otra parte, no hay que descartar que quien escribe algo así tenga una intención clara y maneje bien los recursos expresivos.
Las personas humanas que se presentan a comicios electorales conocen la legislación vigente, aunque en algunos lapsos de tiempo se les olvida. Yo, personalmente, creo que es un prerrequisito contemplar las distintas posibilidades que podrán tener para hacer previsiones de futuro, que son absolutamente imprescindibles para evitar accidentes fortuitos.
Las personas que se presentan a elecciones conocen la legislación, aunque en algunos lapsos se les olvida. Creo que es un requisito contemplar las posibilidades que tendrán para hacer previsiones, que son imprescindibles para evitar accidentes.

Por su propia definición, los comicios son elecciones, la legislación está en vigor (si no lo está es cuando hay que ponerle un adjetivo), un lapso es tiempo (un periodo, también) y los requisitos siempre son anteriores a algo. Y si hay varias posibilidades, serán distintas entre ellas; además, si ya son posibilidades, el verbo poder no hace más que repetir la idea. ¿Cómo sería una previsión que no fuera de futuro? ¿Se puede ser un poco imprescindible? ¿Hay algún accidente que no suceda inopinada y casualmente? Al evitar los pleonasmos no se ha perdido significado sino que, por el contrario, el texto es menos alambicado y más conciso. Claro que si la intención es marear al lector o apabullar al interlocutor, la primera versión es más adecuada. Ahora bien, hay que considerar la posibilidad de que enfrente haya una persona lista que detecte que la mitad del discurso son palabras huecas.

Uno de los recursos expresivos que dan lugar a pleonasmos altisonantes y pretenciosos es el prefijo auto-, sobre todo en su forma auto-cualquier verbo-se; es decir, cuando reitera el valor reflexivo que proporciona con gran eficacia el sufijo –se. Para que aparezca una supernova ya solo es necesario añadir un a mí/ti/sí mismo.
Me preocupo por mi propia salud: me autoimpongo a mí mismo hacer treinta segundos de ejercicio físico todos los días.
Me preocupo por mi salud: me impongo hacer treinta segundos de ejercicio todos los días.

Si tomas autoconciencia de los largos de piscina necesarios para eliminar esa porción de chocolate, no irás a buscarla a la cocina; aunque tengas cita previa con ella.
Si eres consciente de los largos de piscina necesarios para eliminar esa porción de chocolate, no irás a buscarla a la cocina; aunque hayas concertado una cita con ella.

Es oír un reguetón y autosugestionarme de que lo que suena es «Ojos verdes», para no liarme a tortas.
Yo es oír un reguetón y sugestionarme de que lo que suena es «Ojos verdes», para no liarme a tortas.

Yo me autogestiono mis propios periodos de tiempo vacacionales.
Yo me gestiono las vacaciones a mi aire / a mi bola / por mí misma /a mi conveniencia.

No está de más, pues, revisar los textos y pararse ante cada redundancia para decidir si aporta algo o si sobra. Una pista: si cada poco resuenan adverbios acabados en –mente, sobra algo. Y así, en general, los adverbios siempre son sospechosos de estar de más; como ese siempre que se me acaba de colar.

Que no que no, que sí que sí

Hay una expresión en castellano (más frecuente en el habla peninsular que en la de América) tan contundente y clara como ilógica.
—¿Te va a dar tiempo de preparar doscientas croquetas antes de la novela de la tele? 
No ni nada.

Ahí está: No ni nada (en algunas zonas de Andalucía dicen noniná); juntas tres piezas negativas (un adverbio, una conjunción y un pronombre) y dices, inequívocamente, que sí, que te dará tiempo y de sobra. Ningún castellanohablante dudará si quieres decir que sí o que no. (Por cierto, que en catalán hay un equivalente casi calcado: no ni poc).

Así que sí: en castellano existe la doble negación con sentido afirmativo (incluso la triple) y no solo no es incorrecta, sino que puede convenirle al texto [1]. No quiero que nadie piense que me invento una regla gramatical. No obstante, esa forma de decir las cosas que sale tan natural puede ser motivo de locura si nos ponemos a analizarlo:

No va a venir nadie a decirnos si estamos negando o afirmando.
No va a venir alguien a decirnos si estamos negando o afirmando.

*Va a venir nadie a decirnos si estamos negando o afirmando.

Que las dos primeras oraciones son correctas está fuera de toda duda; y que la tercera no lo es, también. La doble negación funciona cuando en la segunda negación aparecen los siguientes términos: nadie, nada, ninguno, nunca, jamás, tampoco, ni.
No pienso tener jamás una musaraña como animal doméstico.
No se le ocurre a nadie tener un bicho que hace que dejes de pensar en todo lo demás.
No las recomiendan tampoco los expertos en eso que ahora llaman mascotas.
No se me ocurre tener una musaraña ni tampoco una boa; en cambio un erizo…

Pero algo pasa cuando se le da la vuelta a la estructura, porque resulta que no funciona la doble negación; ni funciona ni es correcta.
*Nunca no tendré una musaraña como animal doméstico.
*Tampoco no lo recomiendan los expertos. 

*Ninguno no va a hacerme cambiar de opinión.

Tampoco funciona si para negar el segundo verbo va la construcción sin que.
*No publico ni una entrada sin que no me la corrija Nuria.
No publico ni una entrada sin que me la corrija Nuria.

Más problemas dan otras estructuras muy parecidas.
♦ Gertrudis no para de hablar hasta que no le dices que vas a tener que colgar.
No bebas agua del botijo hasta que no llegue Honorio con el anís.

O sea que si tú no le dices a Gertrudis que tienes que colgar porque se te queman las acelgas, ella no para de hablar. Por otra parte, tienes que esperar a que Honorio le ponga anís al botijo para poder beber (como sabe todo el mundo que ha tenido botijo). Ahora bien, en ambas oraciones se puede quitar el segundo no y el significado no cambia; es más, puede que la sintaxis sea más lógica:
♦ Gertrudis no para de hablar hasta que le dices que vas a tener que colgar..
No bebas agua del botijo hasta que llegue Honorio con el anís.

Esa estructura sintáctica no es incorrecta y sobre su conveniencia hay tres opiniones: 1) que sí (o sea, que es la más natural); 2) que no (o sea, que hay evitarla); y 3) que ya cada cual verá lo que hace (o sea, que añade énfasis, que se usaba más antiguamente que ahora, que si no se percibe como necesaria mejor evitarla…).

En otros casos solo hay una negación pero parece sobrar; y no es así. Ocurre en algunas estructuras exclamativas que un no es un gran :
♦ ¡Cuántos sabios consejos no nos darán los divertidos Palabras Mayores en su libro 199 recetas infalibles para expresarse bien!
Son tan hermosas las Galápagos que por poco no me quedo a vivir.

A pesar de esos noes, sostengo que en ese libro hay 199 sabios consejos y que los dan unos sabios; y también afirmo que no me quedaré a vivir en las Galápagos, aunque no será por falta de ganas; ¡no ni nada!


1 Ese negar dos veces para afirmar se llama negación expletiva o espuria y es un caso particular de pleonasmo.

Para lo que no sirve un desde 

Cada palabra tiene su significado y su función y, si bien es cierto que algunas son polivalentes y muy flexibles, los textos ganan claridad y elegancia cuando cada mochuelo está en su olivo. Así, lo que en algún momento resultó ingenioso y muy expresivo ha pasado a ser el mosquito tigre de la sintaxis: el uso de la preposición desde para introducir un complemento circunstancial que no es de lugar ni de tiempo, o, lo que es peor, para convertir el sujeto en complemento circunstancial. Esto lo escribo desde mediante un ordenador, desde el con cariño, desde basándome en mi experiencia, desde en mi humilde opinión, que lanzo urbi et orbi desde una ciudad al lado del mar.

Desde la sinceridad Para ser sincera, creo que no solo resulta cansino y pedante, sino que es incorrecto ese uso de desde, por lo que desde los gabinetes de comunicación de los partidos harían bien en darles un repasillo de gramática a sus representantes (y a sus escribientes). También desde las direcciones de los medios de comunicación deberían preocuparse del abuso de la preposición con el que desde hace tiempo creen darle a su discurso un tono original y distinguido. De hecho, desde de los redactores debería salir la decisión de escribir desde la con responsabilidad y en base al  a partir del conocimiento de la lengua y el respeto por ella. (En base a es el caracol manzana de la sintaxis).

A fin de cuentas son solo veintitrés preposiciones; no cuesta tanto aprender para qué sirve cada una. Sí, antes eran diecinueve. A las clásicas: a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre, tras, se añaden durante, mediante, versusvía; incluso hay quien incorpora pro. A cambio, casi no hace falta dominar el uso de cabe y so, porque las pobres están en vías de extinción.

¡Qué difícil es mandar bien!

Para dar una orden basta usar el imperativo, que es un modo verbal de conjugación fácil; solo se usa en segunda persona, singular y plural, y con sus variantes de tratamiento:
Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza. No, ese ejemplo no me lo he inventado yo, pero abandona tú también y abandoná vos y abandonen ustedes.

Y sin embargo, el uso del imperativo da lugar a unos cuantos errores. Uno muy común es pronunciar la segunda persona del plural y cambiar la –d por un –r, con lo que el imperativo se convierte en infinitivo. Bien puede ocurrir que con el tiempo el imperativo evolucione hacia esa forma ahora incorrecta, pero de momento, para mandar a varias personas a las que se tutea el verbo debe acabar en –d:
* Sacar el gato del desagüe y desatascar el lavabo de una vez. 
   Sacad el gato del desagüe y desatascad el lavabo de una vez.

Pero, ¡ay!, una vez hecho el esfuerzo de interiorizar esa –d, resulta que a veces hay que quitarla. Hay verbos que se conjugan con un pronombre siempre (los pronominales, como arrepentirse, fugarse, reencarnarse) y otros que lo llevan cuando indican que el sujeto hace la acción y la recibe (los reflexivos, como callarse, irse, peinarse) o por alguna razón difícil de explicar, ya que significan lo mismo sin pronombre (caerse, morirse, olvidarse)[i]. Pues bien, siguiendo la norma general, la segunda persona del plural del imperativo de todo ellos quedaría igual a sus participios respectivos (arrepentidos, fugados, callados, peinados) o daría un híbrido absurdo (caedos, moridos); así que pierden la d (solo en la forma de tuteo de la segunda persona singular):
*«Arrepentiros», decían. Y yo pensaba «caeros del guindo y enteraros de algo».
 «Arrepentíos», decían. Y yo pensaba «caed vosotros del guindo y enteraos de algo».

Sí, acabo de hacer trampa con el verbo caer, porque es muy difícil decir caeos y suena bastante raro. Cuando un imperativo se pone difícil, cada cual puede buscar la manera de sortear los peligros. Por ejemplo, ese infinitivo que no hay que usar como si fuera imperativo sirve para dar algo parecido a una orden si se combina con una preposición a. En el ejemplo siguiente todo es correcto, gramaticalmente, se entiende:
¡Venga, a reencarnarse en hoja de perejil! Reencarnaos todos y rapidito.

Además, hay que andarse con cuidado para decirles a varias personas que se larguen de una vez. Resulta que el verbo ir es una excepción (en realidad, ese verbo es una excepción a todo):
*Íos, que sois unos idos. ¡Iros ya!
 Idos, que sois unos idos. ¡Que os vayáis!

El pronombre da lugar a algún otro choque de letras, sobre todo, en el imperativo de ustedes. La –n con la que acaba el verbo tiende a desplazarse y a reproducirse, y arruina el respeto y la amabilidad de un imperativo cualquiera.
*Siéntesen ahí. No, mejor siéntensen en la segunda fila.
 Siéntense ahí. No, mejor siéntense en la segunda fila.
Para localizar el lugar correcto de la –n basta acordarse de aquel infausto se sienten, ¡coño! y decirlo mejor que el garrulo autor del mandato.

Otras veces parecen sobrar enes. Cuando el pronombre nos se junta con la segunda persona del singular (y la de plural si se usa el tratamiento de usted) de imperativo hay que mantener dos enes para mandar bien.
Mantennos, ¡oh, café!, despiertos hasta la hora de cerrar. Y ustedes, dígannos si se irán a casa antes de amanecer.

Desde el punto de vista semántico, solo es posible dar órdenes en segunda persona, pero en primera o en tercera, de singular y de plural, se puede exhortar o indicar que se espera que algo ocurra. Eso es un imperativo sintáctico y se consigue conjugando el verbo en subjuntivo.
Vayamos juntos los amigos del novio, que esperen los de la novia. Vigilémoslos y atentos al vino que es escaso. Bebámonoslo y comámonos las croquetas antes de que lleguen.

Ese imperativo que manda un poco y también anima a hacer algo origina algunos atascos cuando se encuentra con pronombres; por ejemplo, bebamos + nos + lo = bebámonoslo y comámos + nos = comámonos. Lo que ocurre es que la primera persona del singular del presente de subjuntivo usada con valor de imperativo pierde la –s final cuando se le une el pronombre átono nos.
*Olvidémosnos de los rencores y alegrémosnos de nuestra nueva vida bajo el cocotero.
Olvidémonos de los rencores y alegrémonos de nuestra nueva vida bajo el cocotero.

Y al añadir a una forma acabada en –s el pronombre se, coincidirán dos eses, una combinación que no existe en castellano y no sabemos pronunciar, así que se quita una.
*¡Digámosselo al mundo: hay un premio al mejor tiempo verbal! Entreguémosselo al pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, a ver si se le bajan los humos, ¡tanto hubiera cantado ya!
¡Digámoselo al mundo: hay un premio al mejor tiempo verbal! Entreguémoselo al pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, a ver si se le bajan los humos, ¡tanto hubiera cantado ya!

Con todo eso ya está dominada la técnica lingüística del mando… salvo que quieras ordenarle a tu hermano pequeño  que le salga al paso a ese primo vuestro que corre el Tour de Francia para acompañarlo en el tramo final de una etapa, en cuyo caso te encontrarás con una palabra que se puede decir pero no escribir. A ver si sabes conjugar (sin voseo) la segunda persona de singular de imperativo de salirle. Decirla, sí, pero escribirla… va a ser que no.


[i] Los verbos pronominales son los que llevan siempre un pronombre que no aporta nada a su significado pero del que no pueden desprenderse; arrepentirse en uno de los mejores ejemplos (no es posible decir *Yo arrepiento de todo lo que no hice o *Su cuñado fugó de chirona). En muchos verbos reflexivos el pronombre cambia el significado: no es lo mismo ir que irse ni volver que volverse. Otros, sin motivo léxico ni gramatical, se suelen usar con el pronombre: olvidarse, caerse, morirse, entre otros muchos.