Es pasiva refleja, no impersonal

Se puede decir que las pasivas reflejas son oraciones pasivas elegantes. Como definición gramatical no es muy ortodoxa, pero ayuda a entender que se prefieran a las pasivas de verdad. Por ejemplo:
Se esperaban novedades importantes sobre los villancicos y todo apuntaba a que se iban a prohibir. Eso se decía en los círculos próximos al poder. Desde que se habían trasladado habitantes de Saturno se padecía menos la contaminación acústica. Ellos, con su oído limpio y claro, todavía no sojuzgado por la internacional centrocomercialera, pensaban que así se revertirían los casos diagnosticados de navidaditis y se volvería a imponer el buen gusto musical en la muy decadente y embrutecida sociedad terrícola.

Haz la prueba: todas las oraciones del texto anterior se pueden transformar (pueden ser transformadas) en oraciones pasivas; tal que así:
Eran esperadas novedades importantes sobre los villancicos y todo apuntaba a que iban a ser prohibidos. Eso era dicho en los círculos próximos al poder. Desde que habían sido trasladados habitantes de Saturno la contaminación acústica era menos padecida. Ellos, con su oído limpio y claro, que todavía no había sido sojuzgado por la internacional centrocomercialera, pensaban que así serían revertidos los casos diagnosticados de navidaditis y volvería a ser impuesto el buen gusto musical en la decadente y embrutecida sociedad terrícola.

Está claro por qué se prefiere la pasiva refleja y no son preferidas las pasivas, ¿no?

La construcción de la pasiva refleja es muy sencilla; basta prestar atención a las características siguientes:

  • Siempre aparece la partícula se precediendo al verbo.
  • El verbo es transitivo y se conjuga en tercera persona.
  • Sujeto y verbo concuerdan en número. Eso es muy importante porque diferencia las oraciones pasivas reflejas de las impersonales (la siguiente dosis de atutía irá destinada a calmar la impersonalidad; la gramatical, claro).
  • El sujeto es sujeto paciente y suele ir detrás del verbo (también habrá una dosis de atutía dedicada al orden de los elementos en la oración).
  • Nunca aparece el sujeto agente, pero se puede recuperar o, al menos, imaginar.

Uno de los peligros sintácticos que acechan es querer que quede claro el sujeto agente; en ese caso no hay más que construir una oración activa corriente y moliente:
Ahora se bailan los villancicos en las fiestas por los jípsters del pueblo.
Ahora los jípsters del pueblo bailan los villancicos en sus fiestas.

Así que la pasiva refleja tiene una sintaxis de bajo riesgo. Bajo, sí, pero cuando caes te estozolas:
Se vende los dos discos de villancicos que poníamos todo el rato en el centro comercial otros años. Se regala seis zambombas bien afinadas.
Se venden los dos discos de villancicos que poníamos todo el rato en el centro comercial otros años. Se regalan seis zambombas bien afinadas.

Resulta que los dos discos de villancicos y seis zambombas son sujetos pacientes, pero sujetos al fin y al cabo, por lo que tienen que concordar en número con el verbo. Si los villancicos y las zambombas te producen sarpullidos con solo imaginarlos, recuerda un modelo muy sencillo: se alquilan pisos.

Fácil, sí, claro…, hasta que aparece una perífrasis verbal y ríete tú de la duda metódica: ¿se seguirá poniendo el belén cuando lleguen los saturninos?
En el almacén de los magos se está preparando como presentes fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas.
En el almacén de los magos se están preparando como presentes fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas.

Lo primero es localizar el sujeto. No hay muchos candidatos; tiene que ser fragmentos de meteorito, luz de supernova y polvo de estrellas, y eso son tres cosas, así que se necesita un verbo en plural; como preparando es gerundio, hay que poner ese están, así, conjugado en plural. Si el segundo verbo es un infinitivo, ocurre lo mismo:
Se veía venir que se iba a alquilar los anillos para ver la cabalgata desde la distancia.
Se veía venir que se iban a alquilar los anillos para ver la cabalgata desde la distancia.
El sujeto es plural —los anillos—, por lo que hay que poner en plural el único verbo en forma personal que hay en la oración —iban—.

Entonces por qué, si está tan claro, es común errar usando el verbo en singular: Pues porque en los ejemplos hay una perífrasis verbal, estructura que se confunde a menudo con la oración impersonal. La manera de comprobar si se trata de una perífrasis y, por tanto, el verbo debe concordar en número con el sujeto es poner la oración en pasiva. ¿A que a nadie se le ocurre decir se veía venir que los anillos iba a ser alquilados? No hay duda de que se veía venir que los anillos iban a ser alquilados.

Eso con una impersonal no se puede hacer, pero eso es otra dosis de atutía.

Esto es lo que es (relativos -1-)

Un pronombre relativo es una palabra que representa a un nombre que ya ha aparecido en el texto (o se entiende que lo ha hecho) y que, además, introduce una oración subordinada.
Esa licuadora, que hace un año que no usas, es un armatoste.

O sea, que un pronombre relativo es una anáfora. Lo que ya se ha dicho (esa licuadora) es el antecedente y forma la oración principal (Esa licuadora es un armatoste). El representante de la licuadora, el pronombre relativo (que), inicia la oración subordinada y conviene que no esté muy lejos de su representado para que no se pierda en el proceloso mar del texto.
El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos es la linterna de Aristóteles, aquel filósofo amigo de Platón, el cual, a su vez, seguía a Sócrates, que al final se enfadó con él, y que también fue maestro de Alejandro, el Magno, no el que va al gimnasio con tu cuñado, el del concesionario de coches de lujo, que tiene cinco dientes de crecimiento continuo.

Vete a saber quién tiene cinco dientes de crecimiento continuo, cuándo vendió Alejandro Magno el concesionario de coches de segunda mano, con quién se enfadó Sócrates y si Platón iba al gimnasio; y todo porque un pronombre relativo (el que en negrita) está a varios renglones de distancia de su antecedente (El órgano más peculiar del aparato digestivo de los equinoideos).

Pronombres relativos hay los que hay y ninguno más: que (que puede ir precedido del artículo: el, la, lo, los, las), quien (y su plural, quienes), cuyo (y cuya, cuyos, cuyas), el cual (este y sus variantes van siempre con artículo: la cual, lo cual, los cuales, las cuales). Por supuesto, los que tienen flexión de género y de número tienen que concordar con el antecedente; y eso da precisión.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, los cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, las cuales a ti no te gustaban, quedan muy bien en la salita.
La estantería gris marengo y la butaca amarilla, la cual a ti no te gustaba, quedan muy bien en la salita.

La primera oración no es correcta. Las otras dos sí lo son, pero no dicen lo mismo. En la primera al interlocutor no le gustan ni la butaca ni la estantería, mientras que en la segunda no sabemos qué le parece la estantería, solo nos dice que la butaca amarilla no es de su gusto.

Ya que estamos, antes de tener que fundar la Asociación contra la Extinción de Cuyo, mira qué útil resulta ese pronombre relativo:
Ese geranio que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio del que sus hojas están amarilleando parece que va a morir.
Ese geranio cuyas hojas están amarilleando parece que va a morir.

En una frase de relativo (que es la que tiene un pronombre relativo) no siempre es necesario que el antecedente aparezca explícito ya que el cerebro va trabajando por su cuenta.
—Quería pedirte disculpas por lo que te dije el otro día.
—Bueno, es que la que te lie fue buena.
Los dos hablantes saben a qué se refieren, así que los pronombres relativos de esas frases tienen antecedente implícito.

Pero los antecedentes implícitos imponen algunas condiciones.
El cual venga detrás que arree. Y cuya vela aguanta es un palo fuerte.
El que venga detrás que arree / Quien venga detrás que arree. Y el que su vela aguanta es un palo fuerte.
Conclusión: el cual y cuyo (y los derivados de ambos) deben llevar siempre el antecedente explícito; pero que y quien, no lo necesitan. 

ADVERBIOS Y ADJETIVOS RELATIVOS

Hay un adjetivo y unos cuantos adverbios que pueden desempeñar la función de pronombre relativo, es decir, representar a algo que ya ha salido para no andar repitiendo, que queda muy feo y aburrido. Son cuanto (cuanta, cuantos, cuantas), donde (adonde, a donde), cuando y como.
La playa donde encontraste la holoturia está llena de sombrillas.
El erizo localiza las algas y devora cuantas encuentra a su paso.
Cuando sale la ofiura de caza, la estrella ya se lo ha zampado todo.
Me fascina la manera como se desplazan los equinodermos. 

De estos hay uno que da lugar a un sinfín de anacolutos. Ahí lo dejo, por si no tenéis nada en lo que pensar hasta que llegue la próxima dosis de atutía, que también servirá para tratar un error muy común al que da lugar el cual (y derivados). Y la misma dosis actuará de tratamiento preventivo del efecto de combinar un relativo con una coma.

Había una vez un verbo haber

No tengo nada en contra de que cambien las normas ortográficas, el significado de las palabras y las reglas gramaticales. Es más, me parece una suerte que las lenguas se transformen radicalmente; incluso que unas mueran y otras nazcan; no me quiero imaginar cómo serían las cosas si el Imperio romano hubiera tenido un Ministerius Politicae Lingüisticae.

Así que no opondré ninguna resistencia ni me quejaré si quien tenga autoridad para ello decide que el verbo haber deja de ser impersonal y se concuerda en número con lo que, llegado ese caso, sería su sujeto. Entonces, leeremos algo así:
mesangranlosojos2Han ocho planetas en el sistema solar. Habían nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que puedan haber doce. Habrán astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya han habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los hayan es signo de su majadería.
La palabra astrólogos es correcta y está bien escrita; la he puesto en rojo porque lo del horóscopo… tela, ¿no?

¡Ah!, ¿que no cambiamos (de momento) la sintaxis de las oraciones impersonales? Pues entonces vamos a ver si recordamos que haber se conjuga siempre en singular. (Otras oraciones impersonales tendrán su propia dosis de atutía). Lo repetiré en voz alta: Con el significado de existir, el verbo HABER se conjuga SIEMPRE en SINGULAR. Nadie lo usa mal en presente; nadie dice han ocho planetas; en cambio, es muy frecuente caer en el plural en los otros tiempos y modos verbales.

Lo mejor del caso es que es más simple la norma que el error porque solo son siete formas: hay, hubo, había, habrá, habría, haya, hubiera/hubiese (sí, claro, más los compuestos); y quien se empeñe en conjugarlo en plural tiene que manejar catorce.
Hay ocho planetas en el sistema solar. Había nueve, pero el pobre Plutón se quedó en enano. Claro que, tal como van la materia cósmica y los asuntos interestelares, no sería de extrañar que pueda haber doce. Habrá astrólogos que lo esperen como agua de mayo y ya ha habido algunos que lo han propuesto para darle un poco más de rollo a lo del horóscopo, en plan tu mes, tu planeta. Que los haya es signo de su majadería.

Ya sabéis, si me queréis, conjugad bien el verbo haber y lanzadles un conjuro a quienes no lo hagan, que los hay (¿a que no funciona que los han?) como garrapatas en la chepa de un camello.

Ya que estamos con el verbo haber, una de esas frases hechas que el uso transforma:
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que vérselas conmigo.

¿Qué es lo que verá? ¿Las mitocondrias? ¿Las uñas de los pies? Pues nada, porque la expresión es habérselas con alguien. Que sííí, que es habérselas, no vérselas. No se lo cree nadie cuando lo digo, como si fuera más lógico y lleno de sentido vérselas que habérselas. Como habrán habrá incrédulos, aquí lo dice el DLE[1].
Quien construya mal las frases impersonales tendrá que habérselas conmigo.

¿Que a qué alude ese –las? Quizá a las armas, o a las uñas, pero casi seguro que no a las mitocondrias, porque si bien cuando esa expresión estaba a la orden del día ya habían había células, no parece probable que se invocaran para amedrentar a un adversario.


[1] No obstante, como la forma vérselas con es tan frecuente, la recogen el Diccionario de uso del Español (María Moliner) y el Diccionario del español actual (Manuel Seco, Gabino Ramos y Olimpia Andrés), como me ha advertido la gran correctora Nuria Ochoa.

Lengua y sexismo

Las personas tienen sexo y las palabras género; y ni las palabras tienen sexo ni las personas género.

¡Qué treinta jóvenes en bañador! Con esos pechos y esos culos no hace falta que tengan cerebro ni que hablen bien. 

La frase podría ser tildada de machista, sí… si no fuera porque está pronunciada al ver un desfile del concurso de Míster España; así que puede ser frívola y banal, pero machista, no. Sin embargo, es posible que sí haya algo de machismo en la cabeza del lector que en cuanto ha leído pechos y culo ha pensado en mujeres, es decir, en objetos sexuales.

Hay muchas personas que piensan que el lenguaje es sexista, más en concreto, que es machista. Pero es difícil entender que pueda tener ideología algo inmaterial, sin voluntad. No, el lenguaje no es machista; tampoco puede ser feminista, ni justo ni injusto, ni racista ni xenófobo, ni simpático ni maleducado. Las personas pueden ser todo eso y para serlo pueden usar el lenguaje.

Un argumento que suele usarse es que el hecho de establecer como género no marcado el masculino, es decir, usar el masculino para referirse a un conjunto en el que hay hombres y mujeres (o machos y hembras) va conformando un universo mental en el que los hombres son los protagonistas y las mujeres desaparecen. Hay un dato con el que cada cual podrá hacer lo que quiera. En la lengua árabe se establece una diferencia muy marcada entre masculino y femenino, hasta el punto de que la conjugación verbal tiene género (tú comes se conjuga distinto si come Fátima o si come Mohámmad); además, cuando el sustantivo designa plural de cosas no animadas (o sea, ni personas ni animales), todo lo que acompaña a ese sustantivo (adjetivo y verbo) va en femenino singular. Se podría deducir de esos rasgos del idioma que en el universo mental de los árabes lo femenino es preponderante y que las sociedades árabes son más igualitarias y justas que otras. Cada cual que saque sus conclusiones.

Es cierto que el uso de algunas palabras refleja una sociedad machista, aunque haya cambiado mucho. No es raro hablar de médicos y enfermeras, de secretarias y amas de casa, y, en cambio, de directores y ministros; pero la sociedad es como es y no será  decir los alumnos y las alumnas, los enfermeros y las enfermeras lo que la haga cambiar. Que hay más mujeres que hombres ejerciendo la enfermería, el secretariado y el magisterio es una realidad social, no lingüística; y que son más las madres que dejan el trabajo para cuidar a sus hijos que los padres que hacen eso mismo, también; y que en las parejas españolas es más frecuente que ella planche y él ponga estanterías que lo contrario, también.

Asimismo hay sustantivos que durante mucho tiempo han tenido significado distinto en masculino y en femenino: El alcalde era el que mandaba y la alcaldesa, la esposa del alcalde. Incluso el mismo adjetivo servía para ensalzar a unos y denigrar a otros: hombre público era el que tenía visibilidad por su importancia social mientras que mujer pública era un eufemismo de prostituta. Pero eso no justifica hablar de juezas, puesto que no hay juezos. Juez servía perfectamente para ambos sexos porque era una palabra sin flexión de género; y con el artículo —el juez y la juez— era suficiente para identificar el sexo. No obstante, se ha forzado la lengua y están aceptadas jueza, presidenta y otros femeninos inventados; no, miembra, todavía no, incluso las ministras son miembros del Gobierno. Tampoco hay indicios de que vaya a aceptarse persono, policío, motoristo o electricisto. La lengua la hablan personas, que viven en una sociedad; y ocurre (demasiado a menudo para mi gusto) que algunas personas y las sociedades son machistas. A ver si de verdad conseguimos dejar de ser sexistas y, si es posible, hablar y escribir bien.

La reflexión precedente la escribí para el libro Ortografía y gramática para Dummies, pero me ha vuelto a la cabeza y me reafirmo en ella por dos motivos. El primero es que acabo de corregir un libro sobre actitudes de los progenitores y la conducta de sus vástagos; apréciese ese progenitores y ese vástagos, imbuida como estoy de padres y madres, paternidad y maternidad, y otras expresiones tan inútiles e innecesarias como pesadas. El segundo motivo es que acaban de nombrar a la primera fiscal general de España, así que estamos de enhorabuena; y más que lo estaremos cuando no llame la atención que una mujer desempeñe un cargo elevado. Sí, es fiscala (DRAE mediante) y a ver cuánto tarda alguien en llamarla fiscala generala; de paso le pueden feminizar el nombre y el apellido: Consuela Madrigala, para que rime, digo.