Lengua y sexismo

Las personas tienen sexo y las palabras género; y ni las palabras tienen sexo ni las personas género.

¡Qué treinta jóvenes en bañador! Con esos pechos y esos culos no hace falta que tengan cerebro ni que hablen bien. 

La frase podría ser tildada de machista, sí… si no fuera porque está pronunciada al ver un desfile del concurso de Míster España; así que puede ser frívola y banal, pero machista, no. Sin embargo, es posible que sí haya algo de machismo en la cabeza del lector que en cuanto ha leído pechos y culo ha pensado en mujeres, es decir, en objetos sexuales.

Hay muchas personas que piensan que el lenguaje es sexista, más en concreto, que es machista. Pero es difícil entender que pueda tener ideología algo inmaterial, sin voluntad. No, el lenguaje no es machista; tampoco puede ser feminista, ni justo ni injusto, ni racista ni xenófobo, ni simpático ni maleducado. Las personas pueden ser todo eso y para serlo pueden usar el lenguaje.

Un argumento que suele usarse es que el hecho de establecer como género no marcado el masculino, es decir, usar el masculino para referirse a un conjunto en el que hay hombres y mujeres (o machos y hembras) va conformando un universo mental en el que los hombres son los protagonistas y las mujeres desaparecen. Hay un dato con el que cada cual podrá hacer lo que quiera. En la lengua árabe se establece una diferencia muy marcada entre masculino y femenino, hasta el punto de que la conjugación verbal tiene género (tú comes se conjuga distinto si come Fátima o si come Mohámmad); además, cuando el sustantivo designa plural de cosas no animadas (o sea, ni personas ni animales), todo lo que acompaña a ese sustantivo (adjetivo y verbo) va en femenino singular. Se podría deducir de esos rasgos del idioma que en el universo mental de los árabes lo femenino es preponderante y que las sociedades árabes son más igualitarias y justas que otras. Cada cual que saque sus conclusiones.

Es cierto que el uso de algunas palabras refleja una sociedad machista, aunque haya cambiado mucho. No es raro hablar de médicos y enfermeras, de secretarias y amas de casa, y, en cambio, de directores y ministros; pero la sociedad es como es y no será  decir los alumnos y las alumnas, los enfermeros y las enfermeras lo que la haga cambiar. Que hay más mujeres que hombres ejerciendo la enfermería, el secretariado y el magisterio es una realidad social, no lingüística; y que son más las madres que dejan el trabajo para cuidar a sus hijos que los padres que hacen eso mismo, también; y que en las parejas españolas es más frecuente que ella planche y él ponga estanterías que lo contrario, también.

Asimismo hay sustantivos que durante mucho tiempo han tenido significado distinto en masculino y en femenino: El alcalde era el que mandaba y la alcaldesa, la esposa del alcalde. Incluso el mismo adjetivo servía para ensalzar a unos y denigrar a otros: hombre público era el que tenía visibilidad por su importancia social mientras que mujer pública era un eufemismo de prostituta. Pero eso no justifica hablar de juezas, puesto que no hay juezos. Juez servía perfectamente para ambos sexos porque era una palabra sin flexión de género; y con el artículo —el juez y la juez— era suficiente para identificar el sexo. No obstante, se ha forzado la lengua y están aceptadas jueza, presidenta y otros femeninos inventados; no, miembra, todavía no, incluso las ministras son miembros del Gobierno. Tampoco hay indicios de que vaya a aceptarse persono, policío, motoristo o electricisto. La lengua la hablan personas, que viven en una sociedad; y ocurre (demasiado a menudo para mi gusto) que algunas personas y las sociedades son machistas. A ver si de verdad conseguimos dejar de ser sexistas y, si es posible, hablar y escribir bien.

La reflexión precedente la escribí para el libro Ortografía y gramática para Dummies, pero me ha vuelto a la cabeza y me reafirmo en ella por dos motivos. El primero es que acabo de corregir un libro sobre actitudes de los progenitores y la conducta de sus vástagos; apréciese ese progenitores y ese vástagos, imbuida como estoy de padres y madres, paternidad y maternidad, y otras expresiones tan inútiles e innecesarias como pesadas. El segundo motivo es que acaban de nombrar a la primera fiscal general de España, así que estamos de enhorabuena; y más que lo estaremos cuando no llame la atención que una mujer desempeñe un cargo elevado. Sí, es fiscala (DRAE mediante) y a ver cuánto tarda alguien en llamarla fiscala generala; de paso le pueden feminizar el nombre y el apellido: Consuela Madrigala, para que rime, digo.