Lo suyo

Acabo de darme con el canto de la mesa y me duele la pierna; la mía, claro, porque es difícil que le haga daño (si no es metafórico) a otro. También sería raro que cuando tenga jaqueca mi cuñada me doliera a mí la cabeza y que si te pica el codo lo note yo. Así que para referirse a partes del cuerpo no se necesitan los determinantes (o adjetivos) posesivos (salvo que haya que evitar ambigüedades o equívocos).
Me ha salido un moratón en mi pierna izquierda, a ti se te ha dormido tu pie y mi primo abre las botellas de cerveza con sus dientes.
Me ha salido un moratón en la pierna izquierda, a ti se te ha dormido el pie y mi primo abre las botellas de cerveza con los dientes.

En el ejemplo en rojo no hay ninguna incorrección, pero no es una expresión genuina en español (es un calco del inglés). Para identificar de quién es la parte del cuerpo que se nombra, en vez de ponerle un posesivo, usamos los recursos de la conjugación.
* Me saca de quicio que mires tu ombligo y los demás que arreen.
Me saca de quicio que te mires el ombligo y los demás que arreen.

Así que se restringe mucho el uso de los posesivos, cuya función desempeña, en parte, el artículo determinado.
El señor no puede cortarse sus las uñas, así que coge su el coche y va a su la pedicura.

A veces ni siquiera hace falta el artículo. Si andas de jarana y sueltas: «Yo me voy a casa», nadie te preguntará a qué casa. Otra cosa sería una conversación de este tipo:
—Podíamos seguir en casa de Adelita.
—O en la de Javierín.
—Yo me voy a mi casa. Vosotros id donde queráis.

Encima, los posesivos tienen mucho peligro. Ahí va un horrorismo:
* Estaba detrás mío, ahí, delante tuyo. Pasó muy cerca nuestro y casi se cae encima suyo. Al final se sentó en otro palco; justo debajo vuestro.

Sí, hace sangrar los ojos, pero si alguien se reconoce y está pensando en cortarse un par de dedos, que sepa que han pillado en expresiones tales a unos cuantos escritores de renombre y solvencia (Cortázar, Caballero Bonald, Benedetti, entre otros), lo cual sirve para recordar lo necesaria que es la intervención de un buen corrector en todo texto.

La explicación gramatical para percibir (y recordar) el horror es que detrás, delante, cerca, encima y debajo son adverbios y, por tanto, no pueden llevar determinantes (lo que antes se llamaba adjetivos posesivos son determinantes, como los artículos y algunas palabras más, pero eso es otra historia); igual que no funciona *la encima, no funciona *encima mía (además, habría que decidir si es mía o mío). Mucho mejor así:
Estaba detrás de mí, ahí, delante de ti. Pasó muy cerca de nosotros y casi se cae encima de ella. Al final se sentó en otro palco; justo debajo de vosotros.

El truco para ver si algo que forma una locución adverbial puede llevar un posesivo es intentar ponérselo delante (será posible siempre que sea un nombre). Como no hay problema en decir a su alrededor, en su contra, a nuestro gusto, de vuestra parte, tampoco hay inconveniente en usar alrededor suyo, en contra suya, a gusto nuestro, de parte vuestra. ¿A que no hay duda de que alrededor y gusto son de género masculino y contra y parte, femenino? Pues si no se le encuentra el género a una palabra, no puede llevar posesivo: esa es otra pista. La definitiva es que exploten las conexiones sinápticas que enlazan el oído y la vista con el cerebro, que es uno de los efectos que provocan frases como: *Abrió la puerta con su mano izquierda y pasó por detrás suya.

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La misma anáfora, la mismísima

Hablamos con anáforas y al escribir las usamos continuamente. No sabía si decirlo, porque es una perogrullada para quien sepa qué es una anáfora y puede ser un susto para quien no lo sepa.

En realidad, una anáfora puede ser tres cosas distintas, que el DLE define a la perfección. De esas tres hay una muy práctica, ya que sirve para hablar y escribir sin tener que repetirlo todo; o sea, mencionas algo con una palabra concreta (un nombre o un verbo) y luego buscas otra palabra bastante menos concreta (un adjetivo, un pronombre, un artículo o un adverbio) que lo señale, a ser posible sin equívocos.

Las profesoras no tienen ni idea pero van de expertas. Me di cuenta la primera vez que las oí.

Todo el mundo entiende que las se refiere a las dos profesoras. Se ha evitado la repetición del sustantivo mediante un pronombre, que para eso están: para sustituir a los nombres. Pero hay otras piezas léxicas que pueden desempeñar la misma función. Sin ir más lejos, todo verbo es una anáfora, ya que la conjugación indica quién es el sujeto; un poco por encima, es verdad, pero por lo menos dice si es uno o varios, y también si es el que habla (primera persona), el que le escucha (segunda persona), o uno que no anda en la conversación (tercera persona). Por eso en castellano no hace falta poner el sujeto en la mayoría de las oraciones (a cambio, aprender la conjugación, en comparación con lenguas como el inglés, puede ser un tormento).

—Os machacaremos.
—Lo dicen en serio. 

Aparte de que, en general, los hablantes y los lectores son listos, en la segunda oración se entiende que quien dice algo en serio son los mismos que han amenazado con machacar a no sé sabe quién; eso ocurre porque el verbo dicen identifica un sujeto plural; es decir, es una anáfora.

Y así, no resulta nada difícil ver que todo lo que señala en el texto permite recuperar algo que ya ha salido.

En Mercurio hay muy buenas vistas al Sol. Además, hay mucho terreno sin urbanizar. Si no fuera porque el clima es un poco extremo, me hacía una casita allí y me dedicaba a explorarlo. Veo que tiene muchas posibilidades y las mías aquí están agotándose.

Los antecedentes de allí, lo y las mías están claros; y estas tres palabras son referentes anafóricos que desempeñan su papel a la perfección.

Pues con todos los referentes anafóricos que existen, a veces se usa una palabra que hace que nos sangren los ojos a muchos correctores. Se trata del adjetivo mismo (con sus flexiones de género y número). La palabra es en sí misma muy apreciada entre los mismísimos gramáticos, por lo mismo que se aprecian todos los adjetivos: porque por sí mismos resultan expresivos; pueden tener el mismo grado de significado que un nombre y, asimismo, le dan al texto riqueza; es un adjetivo estupendo, pero ahora mismo no se me ocurren más usos del mismo. No me extenderé mucho más porque quería escribir una entrada breve y he ido añadiendo demasiadas explicaciones a la misma; y es que a veces ni siquiera hace falta el elemento anafórico.

¿Que va bien para referirse a algo que ya ha salido? Sí, pero es muy fácil usar otros elementos anafóricos. Me acuerdo de un tipo que usaba mucho esa anáfora: no hay duda de que le faltaban algunas nociones de gramática, pero no quería ni oír hablar de la misma ella. No es que fuera tonto, pero le parecía que así le daba a los textos un aire docto y muy formal. Presumía de dominar la escritura y de heredar usos y costumbres de maestros de la pluma; como si bebiera la tinta de los mismos su tinta, decía.

Por cierto, la anáfora tiene una hermana, la catáfora, que es lo mismo pero en sentido inverso: se representa algo que todavía no ha aparecido. Para usarla también hay que tener cuidado de que entre la representación y el elemento citado no haya una eternidad ni se cuelen otros elementos que hagan dudar de aquello que se invoca. Salvo que escribas una canción como hace Quique González para, mediante la repetición de una catáfora cuyo referente tarda en aparecer, decirnos que cometió un error porque no sabía algo que, luego, parece ser que sí supo.